Opinión: ¡Mi Iglesia no es delincuente!

Por Padre Orlando Lugo Pérez @PadreOLugo

9 mar 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

Llamar abusador sexual a un ser humano es algo muy serio. Antes de hacerlo, hay que tener evidencia contundente que así lo evidencie. Creo que una vez termine este “algaretismo” mediático en el que se ha señalado a casi una veintena de “curas abusadores”, vendrá la segunda parte de este tsunami, la de hacer valer los derechos a la buena fama de aquellos que nunca han tocado indecorosamente a un menor de edad y han sido señalados como pedófilos. ¡Que Dios nos coja confesaos!

Les prometo que me he cuestionado en innumerables ocasiones la génesis de todo este lío. Y, como diría la grandiosa Nancy Álvarez, aquí nadie tiene la razón. Todas las partes involucradas en este conflicto legal y mediático han tenido responsabilidad en la convulsión de información que se ha publicado y que ha dado, como resultado, la falsa impresión de estar viviendo en una Iglesia católica delincuente. ¡Relax, people, mi Iglesia no es delincuente!

Por un lado, tenemos algunos abogados que han dado información bajo investigación a destiempo, movidos por el ansia de “defender a su cliente”. Por el otro, tenemos algún(a) periodista que, por la sed de lograr la noticia más escandalosa del año, lanza informaciones incluso sin corroborar, provenientes de fuentes de cuestionable reputación (¿o es que no investigan a las fuentes?). En este asunto se han publicado datos ciertos, medias verdades y otros que son absolutamente falsos. Entonces, ¿qué hacer? ¡Confiar en los procesos legales! Confiar en procesos transparentes, sin agendas escondidas y que no estén manipulados. Solo así la luz brillará en las tinieblas y el bendito orden volverá a reinar en nuestro país.

Ahora sí, que quede claro, al cura culpable que le caiga todo el peso de la ley como a cualquier hijo de vecino. Pero, al cura inocente, que se le limpie su nombre. Hay de todo en la viña del Señor, pero mi Iglesia —se los aseguro— no es delincuente. Por eso me alegro de expresar mi comunión moral y espiritual con la mayoría de nuestros pastores católicos que, colaborando con el Estado, luchan por los derechos de los más indefensos y por los derechos de los sacerdotes inocentes.

Aprovechemos esta santa Cuaresma para convertir nuestro corazón. Debemos fijar nuestros ojos en Jesús, aquel que sana nuestras miserias personales y colectivas, y nos hace criaturas nuevas.  Esas son las dulzuras que experimento a diario como orgulloso católico, porque mi Iglesia, repito, no es delincuente.

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