Como el puño al corazón del Invader #1

Por Karla Figueroa @LaKarlaFigueroa

7 mar 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

Mi plan original para el día de hoy era entablar conversación con ustedes, mis lectores. Quería hablar de las reacciones a mi columna de la semana pasada.

Iba a enviarle un saludito a la señora que me escribió que, por mis opiniones, debo tener “cuidado que el Señor (no) te borre la boquita antes de tiempo”. De ese comentario no me voy a olvidar nunca en mi vida.

Consideré hablarle de respeto, diversidad de opiniones y análisis de lectura al señor que, además de insultarme con palabras soeces y como nadie en mi vida lo había hecho, exigió que yo me disculpara públicamente por haber titulado mi última columna “Aquí todo el mundo se ha dado un pinchazo”.

Sin embargo, además de que no considero que tengo que disculparme por usar un buen gancho para que lean la columna, me siento obligada a escribir de un tema que me dejó devastada… cuando lo vi casi me desmayo como la empleada del CESCO.

Hace unos días, me despierto, chequeo un par de correos que borro sin leer (maldita sea, Old Navy, deja de enviarme emails) prendo las noticias, ¡boom!

Veo un video de niños peleando mientras adultos los grababan y les gritaban como si estuvieran en la cancha bajo techo de Caguas viendo a Abdullah The Butcher enterrarle un tenedor en la frente a Chicky Starr o al Invader #1 darle un puño en el corazón a Carlitos Colón.

Wow, mi pana. ¿Cuán enferma tiene que estar una persona para echar a unos niños a pelear como si fueran gallos de pelea? (No vayan a insultarme los amantes de los animales, las peleas de gallo me dan pena, es solo un ejemplo… no se pongan con changuerías.)

Yo no peleo. Nunca he peleado. Si me gritan me dan ganas de llorar. Es más, cuando de peleas se trata, soy tan boba que uno de esos nenes de los videos me podría dar una pela. Pero usted puede estar seguro que si yo veo a dos chamaquitos que se fueron a las manos me voy a meter aunque salga con dos o tres cantazos.

Entonces, si no meterse a terminar la pelea es malo, peor es grabarla, pero peor aún (y repito la palabra ‘peor’ porque aquí no puedo hablar malo) es subir el video a una red social. Eso no tiene nombre. Varón, ¿en qué momento usted pensó que eso estaba bien?

“No lo haría de nuevo. No lo hice con malas intenciones”, dijo la joya de Joel (el que tomó el video) a las noticias.

Qué bueno, Joel, que no lo harías de nuevo. ¿Dios tocó tu corazón o el sentido común llegó a tu cuerpo? Porque, muchachón, ese día usted dejó el sentido común en la misma gaveta donde se deja el miedo.

“Nunca pensé que fuera a terminar así”, añadió ese gran ser. Y, en serio, yo me pregunto, ¿cómo él pensó que iba a terminar la publicación de un video de nenes que están peleando en vez de estar jugando al escondite?

No soy pro-violencia. A mí mis padres me dieron como dos veces en mi vida (cantazo que me gané por imprudente). Pero, mis respetos a la mamá de Joel, no solo por tener que bregar con ese muchachito, sino porque (según las noticias) ella le dio una pela y rompió en cantos el celular con que él graba a menores repartiendo más galletas que Banchy, el de Grupo Manía, cuando le hablan mal de Tito Trinidad.

Yo no sé si los padres de los nenes estaban lejos de la pelea. No sé si los papás no se metieron porque piensan que a través del conflicto sus hijos se van a hacer machos de verdad, o si las madres no los separaron porque se le partían las uñas de seis pulgadas con diseños de playas. Pero, en honor a la verdad, es cosa de salvajes poner niños a pelear. Es muestra de lo enferma que puede llegar a estar nuestra sociedad. Sin embargo, el hecho de que esos videos salieran ahora no significa que sean cosa nueva. Esos videos son parte de una realidad y de un Puerto Rico que se nos olvida que existe.

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