Opinión: Detrás de las murallas

Por Lily García

3 mar 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

A ninguno de los estudiantes le caía bien aquel maestro.  De hecho, Jim O’Connor era el “cuco” de la escuela católica para varones St. Francis en California.  Un maestro de Matemáticas estricto, que no les dejaba pasar ni una y quien confiesa que la educación “jamás puede o debe ser divertida”.   ¿Qué les parece?  Yo tampoco lo tendría en mi lista de maestros favoritos. 
   
Sin embargo, la visita de uno de los estudiantes a un hospital de la ciudad transformó totalmente la visión que los muchachos tenían de este señor cascarrabias.   El jovencito había acudido al hospital de niños de la ciudad a buscar información para una actividad de donación de sangre en la cual él y sus compañeros de clase iban a participar.  Allí, al escuchar que estudiaba en St. Francis, la enfermera que lo atendía le dijo: “Entonces, tú debes conocer a Jim O’Connor.  Ese hombre es nuestro héroe”.   De ahí lo llevó hasta una pared cubierta de placas con los nombres de personas que se habían convertido en donantes regulares de sangre para el hospital.  El número uno en la lista:  Jim O’Connor.
   
Pero para sorpresa del estudiante, ese lado compasivo de su maestro no se limitaba a la donación de sangre una vez al mes.  El hombre era también voluntario semanal en el ala de los bebés que están hospitalizados por enfermedades que requieren cuido extendido o recuperándose de algún accidente natural o producto del maltrato. El muchacho, quien no podía creer lo que estaba escuchando, descubrió que ese maestro que nadie soporta es el “ángel” de los bebés, los padres y enfermeras en esa ala del hospital.  Varias veces en la semana llega a tomar a los bebés en sus brazos y arrullarlos, dando así un break a los padres y madres que trabajan o tienen otros niños y a las enfermeras que muchas veces no tienen el tiempo para darles ese calor y cariño que necesitan.
   
En una entrevista, luego de haberse descubierto su lado tierno y emocional, este hombre de setenta años que nunca se ha casado ni ha tenido hijos admitió que “cuando sostengo y arrullo a un bebé, la presión me baja.  Estoy concentrado solo en él y nada más importa”.  Hoy el maestro insoportable se ha convertido en una especie de superman para los muchachos.

Su historia me puso a pensar en las tantas personas secas y difíciles que tenemos alrededor.  La próxima vez que te encuentres con una, en vez de juzgarla, pregúntate cuánto amor puede tener por dentro y a quién puede estárselo dando sin tú saberlo.  Uno nunca sabe lo que esconde un ser humano detrás de sus murallas.

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