Opinión: Entre margaritas y decisiones
Cuando tenía unos nueve años, me enamoré de un compañero del coro de la escuela. Cantar, nunca fue mi fuerte, más bien cantaba terrible, y las maestras no sabían cómo sacarme del grupo sin romperme el corazón. Lo que ellas no sabían, es que yo no estaba atada a la música, sino a esa otra fugaz fijación momentánea. Me pasaba las tardes en el jardín de mi casa, deshojando margaritas, en la clásica y repetitiva historia del: “me quiere o no me quiere”. Como si en ese ejercicio aleatorio, se ocultara una verdad absoluta. A veces hacía trampa, para que el último pétalo dictara lo que pasaría.
Eventualmente, las maestras se valieron de voluntad, y diplomáticamente me impulsaron a que tomara otra actividad extracurricular. Mi corazón no sufrió desgarres y ese compañero del coro, pasó a ser un recuerdo de ese primer encuentro con las margaritas, encuentro con la superstición. Mi próxima actividad extracurricular fue el deporte, fútbol con los muchachos del barrio. A mi abuela nunca le gustó mi selección. “¿Naty, cuántas chicas van a jugar con ustedes?”. Me preguntaba, cada vez que me ponía los botines y me ataba el cabello en un mono alto y cómodo; a lo que yo contestaba: “Ninguna abuela, ninguna”.
Entre las margaritas y los botines de fútbol, siempre me quedé con los botines. Eso no significa que no me enamorara de enamorarme; sino que prefería poner el corazón en lo que hacía, y no en la superstición de lo que podría llegar a ser, como depender de los pétalos al tomar una decisión. Con los años, el fútbol pasó a ser un recuerdo de esas tardes donde no importaba nada más, que no fuera jugar por jugar, y secretamente, desafiar la tolerancia de mi abuela frente a la apertura de la mujer.
No creo que exista una receta perfecta para vivir, un balance milagroso que traiga la felicidad. Creo que existe lo que a cada uno le funciona. A mí me ha funcionado vivir aprendiendo, vivir escuchando e intentando. Desde la hermosa ingenuidad de ser correspondida en el amor por el destino de los pétalos de una margarita, hasta vivir la pasión de divertirse con el único objetivo de jugar y cansarme. Creo que no hay espacios para perder en preguntarle al destino cómo será; creo que solo hay tiempo para hacerse responsable de lo que uno tiene y lo que puede hacer con ello. Lo que uno decida, a veces desafía los gustos de otros, como mi pobre abuela, que hubiese preferido que bailara ballet a que jugara fútbol o practicara bodyboarding. Creo que parte de lo que me funciona, es aprender de quien tengo cerca, en especial de las diferencias. Es importante atreverse a seguir el corazón, como si fuera una necesidad a la que no se le puede hacer trampa con la superstición.
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