Opinión: Entre ruidos, alarma, café y sexo
No hay sonido más insoportable que la alarma de un despertador. Al menos eso dicen los que duermen.
Hay gente que tiene una relación de amor y odio con la cama. Seamos específicos, con la hora de dormir. Aun los insomnes amamos la cama. Los hay que ven la cama y antes de arroparse y de cantar “La borinqueña” ya están roncando. Los hay que ni “La borinqueña” ni contar ovejas les ayuda a conciliar el sueño. Estoy en el medio. Ni tan tan, ni tan tan.
Entonces, los ruidos cotidianamente tienen un efecto grande en mí. Casi nunca dejo que suene la alarma para despertarme. No porque sea la gran dormilona, sino porque, si es necesario que ponga la alarma, muy probablemente no dormí bien asegurándome de que sonara antes de despertarme. Y ese día exactamente mi mejor amigo mañanero se llama snooze y me visita cada cinco minutos.
Pero confieso que hay otros ruidos insoportables que me molestan más, dado que dormir no es una gran necesidad en mi vida. Hay al menos tres que detesto con igual o mayor pasión. Y eso es mucho decir.
Primero ruido insoportable… ¿No les ha pasado que cuando más cómodo está de repente le suena la chicharra de la secadora de ropa? Probablemente el ciclo comenzó hace una hora, cuando usted está todo desconcentrado y comprometido neurológicamente con la cagada que de seguro fue su día. Y cuando justo comienza a lo que yo le llamo decompress, ¡BOOOOOM! Suena la chicharra de la secadora. Sus calzoncillos están secos. ¡Notición! Personalmente, me molesta tanto, tanto, tanto este ruido.
Segundo ruido insoportable: el microondas. Generalmente, si uno usa el micro no es por tanto tiempo. Muchas veces es cuestión de segundos o de pocos minutos máximo. Ok, ponga los vegetales en el micro y vaya al baño en lo que están. ¡TIC, TIC, TIC, tiiiiiiiiiic! Ah, y el mío, si no han abierto la puerta después de 3 minutos del ¡TIC, TIC, TIC, tiiiiiiiiiic!, te tira otro ¡tiiiiiiiiiiiic! Mano, ¡dame break! A veces me he cogido hablándole al microondas, lamentándome casi a sus pies por la infelicidad que me trae su sonido. Luego despierto de la película, a lo Ally McBeal, y le pido perdón porque si no fuera por él habría tenido que darle una hora a los pasteles o 30 minutos hirviendo al brócoli.
¿Ve? Entre hablarle al microondas y pedirle perdón, la locura es solo cuestión de oficializarla con papeles. Hace poco vivía en un sitio tan pequeño que de frente y desde el baño podía tirarle con mi chancleta a la secadora cuando terminaba de secar calzoncillos y, con un pequeño ángulo a la derecha, tirarle al micro la chancleta cuando terminaba los vegetales. Tiré tantas veces, que si hubiera vivido con un forense estaría encerrada con Casellas. ¡¡Qué, quééé!!
Tercer ruido insoportable: el bendito trimmer del vecino. ¿En serio? ¿En serio tienes que prender el trimmer a las 7 a.m. un sábado? ¿En serio eres tan infeliz que no tienes ni quien te seque los calzoncillos o quien te hierva algo en el micro a esa hora? ¿En serioooooo? ¡Ni un solo tic, tic, tiiiiiicccccc!
Y escribiendo esta columna me salió un cuarto ruido insoportable que no prometí al principio. Un poco más íntimo. Calculo que unas cuantas casas después de la mía en una urbanización X, hay un puberto teniendo sexo. Apuesto que es él porque le he visto la cara en la playa y en el colmado. Está activo y muy nuevo en esas lides. ¡¡¡Y grita!!! Pobre noviecita, cuya cara también he visto en el colmado.
Nada como levantarte inocentemente a tomar café en la terraza y escuchar unos ruidos extraños que por la hora en que surgen sabes que no son ni secadora, ni microondas, ni ratón buscando espacio en al menos esa alacena. De repente uno suelta su tacita, se quita los espejuelos (no sé por qué sigo haciendo esto para escuchar bien) y escucha como golpes contra una pared. No es un “tic, tic, tiiiiiiic”. Es un “ay, ay, aaaay”.
Dios, perdóname. Ese joven tiene problemas.
Estoy suficientemente cerca para escucharlo, pero suficientemente lejos para tirarle con la chancleta. Me alegra de veras que la esté pasando bomba y no por envidia quisiera verlo mañana y decirle que se controle, que prenda el aire acondicionado, que cierre las ventanas, que prenda la radio, que ponga ópera, que ponga reguetón. A veces fantaseo con dejarle una nota en medio de la noche que diga: “¡Muerde la almohada, brotheeeeeer!”.
¡Hazme un favor, mi pana, MUERDE LA ALMOHADA!
¡Tic, tic, tiiiiiiiiic!
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