Opinión: Olor, sabor y letras
Caminaba por una calle de Manhattan, en Nueva York, muy cerca de Times Square en compañía de una buena amiga de la niñez cuando de repente se bajó de un taxi un hombre alto, erguido, guapo y de mirada intensa. Sabía quién era y lo seguí. Mi amiga no ve televisión y mucho menos está pendiente de quién le pasa por el lado, así que no entendía por qué yo iba detrás de aquel hombre con especial interés. Mientras tanto, yo repetía en mi mente: “¡Qué buena suerte la mía!”. La criatura de imponente caminar se dirigió a un restaurante vietnamita y tras él su séquito y yo. Me las jugué todas, pero valió la pena. Esa noche conocí a Anthony Bourdain.
Mi amiga no tenía ni idea de con quién diablos yo estaba conversando y a esta fecha todavía no comprende mi insistencia. No la culpo porque ella viene del mundo de las calculadoras y los números.
Ya en el hotel le expliqué con detenimiento por qué era importante para mí esa conversación y, cual delicia culinaria, tener de frente a semejante varón que, aparte de ser una personalidad de la televisión, es un reconocido chef, escritor, crítico y periodista gastronómico. Confieso que tengo una peculiar fascinación, por no decir obsesión, por la crónica gastronómica. Ese contenido periodístico que no es nuevo, pues nació en el siglo XIX en Francia, pero ha sido en el siglo XX cuando se le ha añadido sal y pimienta.
El periodismo gastronómico es una deliciosa alternativa a lo cotidiano. Incluso han sido los periodistas gastronómicos los que han provocado el culto a la moda culinaria hoy día y la oleada de observar a los chefs como rock stars. Desde que se descubrió el sabor de Julia, las latas que invitaba a degustar Rachel Ray en una insignificante tienda en Nueva York hasta las espumas de yo no se qué de Ferrán Adria de El Bulli en España no ha cesado la fascinación de la gastronomía en los medios de comunicación. El periodismo gastronómico ha tenido tanto éxito porque provoca nuestros sentidos y pone a prueba nuestras debilidades. Más que una moda del siglo observo esta vertiente del periodismo como una entrega informativa que se convierte en referente cultural. La gastronomía es igual que cualquier otro tema periodístico. Los periodistas que se dedican a ese menester tratan sus escritos o grabaciones con el mayor respeto e importancia que se les otorga a las noticias de primera plana. Su valor informativo reside en el contenido de sus letras y que el periodista con su ingenio y creatividad describe para exponernos a una deliciosa crítica o un análisis de lo que encontró desacertado. Para poder elaborar una buena reseña gastronómica ante todo se debe ser periodista. No se trata de probar y domesticar paladares, sino más bien de escuchar, ver, preguntar, conversar, confirmar, contrastar sabores, pero sobre todo respetar tradiciones y culturas. Hay que investigar y respetar las manos que cocinan. La noticia gastronómica puede llamar la atención de su público como si fuera un asunto festivo, pero realmente lo que hace que perdure en la memoria es la credibilidad de quien escribe y la pertinencia del contenido.
Anthony Bourdain me dijo que no había mejor sensación que comer descalzo. Entonces recordó esa tarde espectacular en Isabela, sin ataduras ni zapatos, comiendo langosta con una cerveza nativa. Así se lo contó al mundo. Una experiencia quizá de lo más normal para nosotros acostumbrados a nuestras playas, pero para una persona como él que vive en un avión y que lo mismo está en el Líbano que en Japón fue definitivamente un bálsamo para su vida estar en Isabela. Me dijo que para dedicarse al periodismo gastronómico hay que gustarle la cocina y ser capaz de abrir la mente a nuevas experiencias sin remilgos, establecer desde un principio los límites a quienes entrevistes, porque él es periodista no publicista.
Este tipo de periodismo te permite ser subjetivo con respeto y elegancia. El periodismo gastronómico se cocina con destreza y se convierte en arte cuando el autor logra que sus letras se puedan degustar con el mismo apetito que se saborea un plato. Aquí la pasión y el conocimiento se unen para transmitir emociones. La cocina es una expresión de amor y cultura. Ya muy bien lo dijo el poeta y ensayista venezolano Eugenio Montejo: “Un horno de pan es como un taller literario. La harina blanca es la página en blanco del escritor que durante la noche la trabaja buscando las palabras perfectas”. ¡Buen provecho!
Te recomendamos estos artículos: