Opinión: Chris Christie y Alejandro

Por Rafael Lenín López @LeninPR

19 feb 2014, 11:00 pm 3 min de lectura

Lo vi. Alejado del escándalo y del frío, disfrutando del sol caribeño en una silla plegadiza de esas azules que ponen en Isla Verde, Chris Christie estuvo en Puerto Rico el pasado fin de semana. No me había percatado que era él hasta que los agentes del Servicio Secreto lo delataron. Estuvo por casi dos horas leyendo y hablando con su familia. Al levantarse, algunos americanos, que como él le huyen a la nieve, lo saludaron. El gobernador republicano de Nueva Jersey está inmerso en un lío que comenzó con un tapón y ahora estremece sus ambiciones políticas que tienen como objetivo la Casa Blanca.

Acá, en Puerto Rico, el nuestro empaca su ropa y prepara las maletas —según anticipaba ayer La Fortaleza— para irse al frío, alejarse del sol caribeño y a su vez del problema nacional.  Realizará su decimosexto viaje en los 14 meses que lleva en La Fortaleza para participar en la reunión invernal de la Asociación de Gobernadores de Estados Unidos. Esas son las consabidas reuniones que nunca comprendemos qué provecho les sacamos.  De ese relajo se ha debatido y se debatirá sin que el liderato del país recapacite.

Y es que estos viajes, en momentos en los que se plantea un problema de gran magnitud, son impertinentes. En Puerto Rico, el plan gubernamental para atender la crisis fiscal es todavía muy difuso. El Gobierno luce desorganizado.

El más reciente episodio coloca en la picota pública al presidente del Senado y al secretario de Educación.  ¿Cómo es posible que desde la Legislatura se plantee cerrar 200 escuelas y congelar 7,000 plazas de trabajo en el Departamento de Educación, mientras que Rafael Román se canta desconocedor de la propuesta?   Hay un desfase total. La discusión de ideas al más alto nivel del Gobierno parece compararse con las conversaciones que entre copas pueden darse en el bar de la esquina.

¿Cómo es posible que ante las degradaciones y amenazas de las acreditadoras, solo una pieza legislativa —aún no aprobada— haya sido radicada?  Los tiempos no permiten que tengamos que esperar al “autobombo” del mensaje de estado que está por ocurrir.

Claro, la inacción y la posposición de acciones se entendería si la filosofía de gobernar fuera aún el “me vale” con el cual García Padilla despachó en el pasado las amenazas de las casas acreditadoras.   Y si esa fuera la posición oficial, ¿por qué no paran en seco a los especuladores de Wall Street, como sugirió ayer el economista Carlos Soto?  Lo han hecho otros países, pero temo que al nuestro le faltan agallas para hacerlo.

Los bonistas han demostrado ser un grupo de insaciables que no estará satisfecho hasta no esprimir la última gota posible.

Bajo el pretexto de resolver la crisis fiscal, en los pasados 20 años hemos vendido los hospitales, la telefónica, carreteras, el aeropuerto, hemos aguantado reformas contributivas que nos ahogan, “reformado” todos nuestros sistemas públicos de pensiones y cada día sacamos más dinero de nuestros bolsillos para pagar por servicios que a nivel público son deficientes.   Ahora, en el más reciente conference call con inversionistas, el Gobierno acepta estar dispuesto a todo para la nueva emisión de bonos: pagar una histórica tasa de interés, hacer más recortes y aumentar tarifas. ¿A cuenta de qué? ¿A cuenta de un sistema que ni tan siquiera puede proveerles a sus ciudadanos más pobres un transporte colectivo más o menos aceptable, mientras el que lo dirige devenga $10,000 mensuales como si se tratara de un funcionario de Dubai?

El Gobierno tiene que tomar una ruta clara pronto. Probablemente sobre copas, hablando del frío y del calor caribeño, Christie y Padilla se puedan dar uno que otro consejito este fin de semana en Washington D. C. o al menos desperjarse a cuenta nuestra.

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