Opinión: La sombrilla de Myrna

Por Lily García

17 feb 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

Aquella mañana iba de camino a recoger a mi amiga Myrna para irnos a sanjuanear.  Ya cerca de la casa me percato que ha comenzado a lloviznar y que no tenía sombrilla en el carro, así que la llamé para pedirle que trajera una.  “¿Y para qué?”, preguntó.  “Porque está lloviendo.  ¿Tienes alguna?”, le respondí.  “Sí, tengo unas cuantas. Te llevo una”.

Cuando llego, Myrna sale de su casa bajo la lluvia y cargando con una sombrilla cerrada.  “¡Abre la sombrilla que te estás mojando!”, le grité desde el carro.  Pero ella continuaba cerrando el portón bajo la lluvia.  Pensé que entre la cartera y otro bolso que tenía tal vez se le hacía incómodo abrir la bendita sombrilla, así que salí corriendo del carro a ayudarla y la encuentro peleando con la sombrilla tratando de abrirla.

“Nena, ¿qué te pasa?”, le dije riéndome. “¿Tú no sabes abrir una sombrilla?”.  “Pues no”, me contestó tranquilamente, mientras me la soltó para que yo terminara de abrirla.  De primera intención pensé que me estaba corriendo la máquina.  Pero cuando la miré me di cuenta de que aquello no era una broma.  Y continuó con un “es que yo nunca uso sombrillas”.  “¿Y qué haces cuando llueve?”, le pregunté extrañada.  “O espero a que escampe, o me mojo”, me respondió con toda la naturalidad del mundo.

Una vez dentro del carro y al caer en cuenta de que aquello era en serio,  le pregunté qué le pasaba con las sombrillas.  “No sé”, me dijo.  “Es que no me gustan”.  “Myrna, por favor”, le respondí. “¿Qué te hizo una sombrilla a ti para que no te gusten?”, pregunté en tono jocoso.

Se quedó pensativa para luego responder: “Ahora que lo pienso, yo no abro una sombrilla desde que era niña.  De repente me vino el recuerdo de haberme pillado el dedo mientras abría una.  Me dolió en cantidad.  Fíjate que no me había acordado de eso hasta hoy, qué cosa.  Parece que les cogí miedo”.

En ese momento supe que me estaba dando el tema para una columna.  Una experiencia que puede haber sido una tontería dentro del contexto de la vida de una mujer que ha atravesado por tantos momentos difíciles, todavía, de alguna forma, tenía control sobre ella.  La sombrilla de Myrna me recordó los muchos comportamientos y respuestas a situaciones que no podemos explicar conscientemente, pero que, generalmente, están ligadas a alguna experiencia pasada.  Una vez liberamos y verbalizamos esa experiencia, comenzamos a sanarla.

Esa mañana lluviosa comimos mayorcas, “marshaleamos” y destapamos un gran misterio en la vida de mi amiga.  Y ya para el mediodía estaba abriendo la sombrilla sin problemas. 

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