Opinión: Sin palabras...

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

13 feb 2014, 11:00 pm 3 min de lectura

Por más que te digan cien veces como se siente, no hay forma que lo puedas entender, hasta que te toque. ¿Qué cosa? Hoy hablo de una experiencia que vino gestándose por casi 9 meses y medio de espera, 13 horas de trabajo desafiante, 300 contracciones y una decena de controlados insultos al doctor y a mi pobre marido.

El dolor que comienza como una descarga eléctrica por la espalda y se concentra en el vientre, como si no existiera nada más que mi útero, es una sensación que no puede ser entendida, a menos que sea vivida. Por eso, cada vez que mi marido se acercaba a decirme: “Tranquila mi amor, respira”. Yo imaginaba unas cuantas maneras de insultarlo, pero me limitaba a un “Tú, no sabes nada”. Al finalizar la oración, sentía que de alguna manera estaba compartiendo el dolor, pero inmediatamente lo llamaba de nuevo y le decía, perdón, esto está, sin palabras…

Soy atleta de alto rendimiento, y en todo este proceso de espera y en todas estas horas de trabajo intenso mental y físico, iba a mí. Iba a mí con todo lo que tenía, como si me estuviese preparando para el maratón más poderoso de la vida. Siempre estuve en lo correcto, es la carrera de nunca acabar, el parto que nunca termina.

No hay preparación absoluta, solo un deseo profundo que se mantiene intacto a través de todo el cansancio y el dolor físico que se pueda sentir, en especial en esas horas de trabajo. El doctor, que al finalizar el parto, amé’; durante el parto tuvo que aguantar mis pequeños ataques de desesperación, y mis “Ya basta,  esos chequeos suyos se los deseo a usted”. Pobre doctor, tener que aguantar a una mujer en su estado más intensamente explosivo, literalmente.  Es que, de nuevo, “ellos no saben nada”, y una vez más perdón, es que esto esta, sin palabras…

Conté con la presencia de mi marido, y mi padre;  el primero hizo conmigo cada respiración, cada pujo, cada movimiento; el segundo, en la quietud de su presencia, enviaba energías casi en un estado de meditación. Mi súper heroína fue Carmen, y no Carmen San Diego, sino; mi dula. Una mujer que con su mirada de haber vivido adrede, y sus “tu puedes”, me guió’ a través de los bajos y los altos del parto de mi hija. La pobre hasta recibió una patada en un momento donde los movimientos son medio incontrolables. A mi súper heroína, un gracias; porque con la complicidad de su mirada, las palabras no hacían falta y el empuje era compartido.

Desde el “ya veo su cabecita”, hasta el tenerla en brazos ahora, todo comienza a verse medio nublado, como si el dolor fuese un recuerdo no tan vivo. La memoria de las mujeres debe ser selectiva, para garantizar la supervivencia de la humanidad. Tanto el parto como la sensación de mirar a mi hija por primera vez, es una experiencia sin palabras. Si existe algo que puede  explicar la intensidad de esa vivencia; es que estaría dispuesta a vivir todo de nuevo, sólo por mirarla de nuevo por primera vez…