Opinión: Siempre detrás del cachete
La gente habla de la crisis fiscal como la gran noticia de la hora y cree que estamos todos en la misma onda.
A veces pienso que la gente en los medios —y los enfermos de medios como yo— creen que la realidad diaria toca a todos y que, si se dijo en las noticias, explotó una bomba en el archipiélago. Tan encerrados estamos en esa idea que, cuando salimos de nuestro entorno básico de trabajo, nos damos un golpe con la realidad con solo mirar para el lado.
El ejemplo más reciente es la degradación de los bonos. Usted que está leyendo esto quizás tiene una idea de lo que se trata. Después de todo, la prensa escrita ha publicado sobre esto un par de mares de tinta, y a los analistas ya le han salido callos en las cuerdas vocales buscando razones, justificaciones, repartiendo culpas y vociferando ideas. Con todo y eso, puede que usted tan solo tenga una idea bien vaga de lo que se trata.
Hace unos días, hablando con un amigo de esos que habla en la radio todas las mañanas, nos preguntábamos si la gente sabía la magnitud de lo que estamos pasando en términos económicos. Mi respuesta fue “vamos a Plaza”.
Y aquí viene mi análisis cotidiano —no político— de la situación. O la gente no sabe, o prefiere no saber. Por eso no evitan ir a Plaza. Por eso, aún con los precios como están, el parking no se vacía. Y aunque haya subido tanto la electricidad, bajamos el consumo en solo 4 %. Apuesto que el sacrificio estuvo en lavar dos tandas de ropa en una, pero jamás dejaron de decorar la casa en Navidad como si fuera el Bosque Mágico. Que la tradición había que mantenerla, aunque la ropa se arrugue un poco.
¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo nos pasa la realidad por delante sin que se nos frunza mucho el ceño? Quizás la respuesta está en un mal tal antiguo como la profesión más antigua. Porque antes de que existieran las prostitutas, para mí que existían los cacheteros.
Admítalo sin vergüenza. Es naturaleza humana, no importa la circunstancia socioeconómica. Nos enloquece lo gratis.
He visto gente de relativo poder adquisitivo en una fila de tres pares para comerse una muestrita de algo en Costco. Y aquí viene una confesión dura: yo también lo he hecho. No la fila larga, porque detesto más las esperas que pasar la tarjeta de crédito. Pero admito que durante tres años fui prácticamente todos los sábados al supermercado de la esquina de casa a probar gratis todo lo que venía nuevo. Era nuevo, fancy y gratis. ¿Qué más puede pedir un cachetero?
Claro, existen gradaciones del “cacheterismo” (si no existe el término, me lo acabo de inventar). “Cacheterismo”, nombre, dícese del fenómeno de andar detrás de lo gratis, aunque no tengas cambio de $100 en el bolsillo. Fenómeno irrespectivo de clase social que coloca al ser humano con mucha frecuencia detrás de la oreja.
Tengo un amigo tan cachetero que una vez me regaló flores y yo busqué hasta en las espinas creyendo que era una broma. Es el mismo que con tremendo flow confiesa cuando llega a los sitios que necesita una víctima para cachetear. Ya ni coraje nos da. Uno se ríe y se las arregla para no ser la víctima. Si va a pagar, pide un cuba libre, pero si es cachete pide Black Label doble en las rocas. Sale uno mejor pagándole la hipoteca.
Por suerte, estoy en el punto más leve de esa práctica. Todo en exceso hace daño y me da terror pensar que alguien que me invita a un lugar tenga en su cabeza música de terror. No quiero que al decir: “Dale, me apunto”, le explote una bomba en la corteza cerebral. Y con el tiempo uno descubre que se aprovecha de lo grande, como yo del supermercado fancy, pero no de gente en particular.
En varios días es San Valentín. Llevamos una semana con voces declarando “chatarra” económica a diestra y siniestra. Pero haga el ejercicio hoy. Pase por Plaza y mire si en Pandora no hace el #239. Y así en todas las demás tiendas. Entonces, concluirá sin lugar a dudas que, para sobrevivir el difícil panorama económico-fiscal al que nos enfrentamos y dado que los sueldos no aumentan ni por casualidad, esa gente de seguro lleva dos o tres semanas cacheteando, metiéndole a lo gratis.
No lo culpe. Vaya a Plaza. Así sabrá cuán “degradados” estamos.
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