Opinión: Gobernadores, por su culpa, por su culpa, por su gran culpa

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

10 feb 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

El lobo llegó. Años y años de advertencias y pronósticos se manifestaban ante nuestros ojos: las casas acreditadoras degradaban el valor de los bonos del Estado. Y si usted es de los que recibió la noticia con sorpresa, le cuento que se sorprendió por puro gusto. Las señales estaban por todas partes.

Comenzando con los economistas, quienes por años habían anticipado que las malas mañas de nuestros gobernantes tendrían un efecto tal vez retrasable, pero ineludiblemente letal. Las causas son múltiples. Tal vez la más importante ha sido la falta de capacidad de todos los que han pasado por La Fortaleza en los pasados 40 años para promover la inyección de capital nuevo. La nueva riqueza que no llega, porque la que hay no es suficiente.

En su informe, la casa acreditadora Moody’s lo deja claro. La degradación tiene su origen en “muchos años de déficits financiados, planes de pensión sin dinero y desbalance presupuestario […]. La deuda es alta y la liquidez es estrecha”, reza el escrito.

Por eso, cuando escuchaba en estos días a los exgobernadores protagonizar un supremo ejercicio de soberbia y enajenación de la realidad del país y su papel en el juego del desastre, no pude ignorarlo. Pedro Rosselló y Rafael Hernández Colón parecen haber sido picados por el mismo mosquito.

“Yo me siento responsable de haber comenzado mi gestión en un nivel y haber concluido mi gestión dejando a Puerto Rico mejor que cuando yo comencé”, decía Pedro Rosselló a la prensa. “Fue el punto más bajo en que ha estado la deuda pública desde entonces al presente”, soltaba Hernández Colón hace unos meses al ser entrevistado sobre la deuda pública y su responsabilidad. El problema con las verdades parciales es que —en la práctica— se convierten en mentiras.

Estamos todos locos. Si los exgobernadores no son responsables de la kilométrica deuda del país, ¿entonces quién? ¡Mienten, señores! ¡Mienten! En la búsqueda de testigos recurramos a los números del Estado. Nada mejor que los datos para curar la amnesia selectiva.

Según cifras del Gobierno, precisamente Hernández Colón y Pedro Rosselló se llevan la mayor tajada de responsabilidad en el endeudamiento público. Rosselló González habría aportado —en números al valor de hoy— unos $25 mil 284 millones a la deuda pública que aún se paga. Su antecesor, Hernández Colón, según los números del Estado, es el responsable de una deuda que hoy tiene el valor de $25 mil 243. A ambos les siguen $17 mil 266 millones de deuda responsabilidad de Aníbal Acevedo Vilá, $17 mil 685 millones de Luis Fortuño y Sila Calderón con $13 mil 302 millones. Y ahora todos quieren que olvidemos. Que interrumpamos la búsqueda de culpables y  “dejemos la política partidista para ayudar al país”. Me parece perfecto. Tan perfecto como el Día de las Madres. El país tiene que poner manos a la obra y buscar ahora maneras creativas de dinamizar la economía local. Pero advierto a la clase política que los ciudadanos no somos tontos. Los números dejan claro quiénes son los responsables del desastre. Y ante esa realidad, los intentos de demagogia politiquera no tienen espacio. La responsabilidad, señores exgobernadores, es toda suya. De ustedes que, a pesar del desastre, han decidido litigar ante los tribunales el derecho a “ser escoltados” con fondos públicos, de esos que hoy son escasos gracias a sus decisiones.  Menuda causa, ¿no les parece? De ustedes que (salvo contadas excepciones) utilizan esos mismos fondos para el financiamiento de bibliotecas que son mucho de culto al propio ego y poco de servicio al país.

Pero la culpa también tiene el rostro del elector. Ese que ha permitido por años la perpetuación del juego bobo en el que las reglas son sencillas: el mío lo hizo todo bien y el contrario es el culpable absoluto de la crisis. La locura y enajenación política en su máxima expresión.

Esa misma enajenación que ha llevado por años a azules y a rojos a condenar las faltas del rival político, pero a consentir las del aliado, aunque fueran de peor alcance. Si usted ha estado contagiado con la estupidez del fanatismo político, le cuento que el juego se acabó. La culpa es de su rival. Pero también de su aliado. En el juego de la degradación todos han perdido.  Y todos son responsables. ¿Les quedó claro?

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