Opinión: Luis Raúl y el crédito chatarra

Por Padre Orlando Lugo Pérez @PadreOLugo

9 feb 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

“Los grandes artistas nunca mueren, sino que cambian de escenario” fue una de las cientos de expresiones que leí en las redes sociales con motivo de la inesperada partida de uno de los maestros de la risa puertorriqueña, Luis Raúl.

La muerte de las grandes personalidades nunca queda infecunda. Cuando celebro alguna misa funeral, intento expresar a los dolidos familiares que cada muerte tiene su enseñanza moral y espiritual. La muerte del comediante con los ojos más grandes de la Isla es aleccionadora. Está llamada a remover la conciencia de nuestro pueblo para hacernos cambiar esa actitud triste y derrotista que nos lleva por el camino de la amargura, en especial ahora que nuestro crédito como país ha sido declarado ¡chatarra! Nada pasa por casualidad. Tu muerte, Luis Raúl, es una enseñanza para todos de cómo sobrellevar con esperanza nuestra crisis patria.

Tan pronto supe la noticia de la muerte de Luisra, vinieron cientos de flashbacks a mi mente que me hacían cuestionarme: “¡Hey, tú! ¿Cuándo fue la última vez que te reíste ante las crisis?”. Tengo que confesar que, aun siendo sacerdote, no recordé la última vez que eso pasó. Había vivido una de las semanas más duras de mi ministerio… de las más tristes. Fue entonces cuando me dije a mí mismo: “¡Algo anda mal, algo en mi vida anda muy mal!”.

La vida no es un valle de lágrimas por el que se debe pasar sin reír. Si falta la risa, falta Dios. Las mismas Sagradas Escrituras lo confirman. De hecho, leemos en el libro de los Gálatas que uno de los frutos del Espíritu Santo es la alegría (Gal. 5, 22-23). Para los cristianos la alegría no es necesariamente fruto de un buen chiste, es la consecuencia lógica de una relación íntima y sincera con Dios. El beato Juan Pablo II dijo una vez: “Una característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor”. Así es, aun en medio de la tormenta, en medio de las crisis, podemos vivir alegres y con esperanza. La alegría es la conciencia cierta de que, no importa lo que nos ocurra como pueblo, Jesús camina con nosotros. ¡No tengamos miedo!

Por tanto, hermano, ¡que no se apague la risa en Borinquen bella! Creo en el valor de la risa y del humor como transmisores de la verdad, como método de sanación y como la herramienta más eficaz para soportar los males de la vida. Unámonos como pueblo y vivamos en solidaridad sobre todo con aquellos que menos tienen. Porque, como nos enseñó Luisra, “a mal tiempo, buena cara”.

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