Opinión: #Yonosoychatarra
De pronto nos sentimos golpeados e insultados ante la degradación del crédito. A esta hora el ciudadano común no ha sufrido las consecuencias directas por el informe de Standard & Poor’s, más allá del efecto psicológico colectivo de sentir que somos la vergüenza mundial por embrollones.
Nos ha tocado a nosotros, los que habitamos y proyectamos hacer nuestra vida en este país, lidiar con este panorama que ha sido producto de las malas políticas fiscales de los dos partidos que nos han gobernado. Y sí, son responsables, aunque ahora nuestros exgobernadores evaden aceptar su cuota echándole la culpa al que vino después. Cuando tengamos tiempo, ese juicio habrá que hacerlo con más detenimiento para que tenga consecuencias.
Por ahora y después de las lamentaciones, ¿cuál es el plan?
Ya la administración está anunciando las primeras medidas fiscales. Es imperativo trabajar con rapidez e inteligencia partiendo de una premisa: no somos un país rico y hemos operado bajo una estructura fiscal que es ficticia.
La degradación es un reality check que tenemos que asumir. Tenemos que construir un país cuyo norte sea la producción, con una economía basada en el trabajo y no en el mantengo a todos los niveles.
Se acabaron los préstamos. Se acabó la salida fácil al déficit recurrente ocasionado por el malgasto del dinero público. Ahora tendremos que subsistir con lo que generamos nosotros mismos principalmente, como debe ser.
Este “jamaqueón” tiene que llevar al Gobierno a revisar todos sus gastos para maximizar cada uno de los recursos que tiene. Los tiempos del batatal político cada cuatro años, la vagancia, la falta de supervisión, la mediocridad, las oficinas sin razón de existir, las contrataciones inexplicables a altos costos que supone la duplicidad de funciones y la vida de jeques, de muchos jefes de agencia, se tienen que acabar. Necesitamos un gobierno, del tamaño que sea, que funcione.
El sector privado también tiene que ponerse las pilas, porque tan cuponeros son los de abajo como los que desde el poder financiero dependen del guiso y las dádivas para operar. Con un apoyo coherente del Estado, el capital tienen que aportar generando riquezas de las que todos podamos gozar demostrando un compromiso genuino para que esto mejore.
Todos tenemos que estar en sintonía de que el paraíso fiscal en el que creímos estar se acabó.
El desasosiego viene erosionando nuestras vidas desde hace algún tiempo. No porque lo diga una casa acreditadora, que es parte de un grupo no tan prestigioso de Wall Street, es que nos encontamos de pronto en un callejón sin salida. Estamos en esta incertidumbre porque es cada vez menos un sentimiento de solidaridad que un país debe tener para ser exitoso. Y no hablo de la solidaridad liviana o fugaz que exponemos en una campaña publicitaria, con la muerte de un famoso o con la llegada de una tormenta. Es la solidaridad que nos llama a querer, en todas nuestras acciones individuales y colectivas, el bien común. Y no me confundan los publicistas y estrategas; esto no se consigue con eslóganes positivos de superación.
La semana pasada hacía una gestión en un CESCO. Entré a la oficina y me topé con dos bandos. Vi al cliente —predispuesto al desastre— reclamando a gritos “que los botaran a to’s” y al empleado harto de coger los cantazos diarios por culpa de un sistema que por años le ha dicho al ciudadano que no está hecho para servirle bien. Al final del día, el ciudadano y el empleado llegan a sus casas molestos “por un mal día”, conviviendo en un mismo país que, para colmo, ahora se le ha puesto el sello de chatarra. Eso tiene que cambiar porque no somos así. No somos chatarra, aunque lo diga el de allá.
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