Opinión: El valor de la fotografía
Figúrese por un momento un periódico que no tenga fotografías o un noticiario sin imágenes.
Ese pensamiento dejó de ser fantasía, y un diario en Francia, el reconocido Libération, publicó la edición con los espacios en blanco en el lugar donde irían las fotografías. De más está decir el revuelo causado en sus lectores. La consecuencia fue buscada debido a que el periódico lo que quería era demostrar la importancia ineludible de la fotografía en el periodismo y plasmar su osadía en las páginas de la historia del periodismo, ya que nunca un diario había realizado tal ejercicio.
A mí me pareció un grito de guerra de los fotoperiodistas para dejar patente la crisis existente de sus puestos de trabajo ante la publicación excesiva de cualquier fotografía proveniente de un teléfono inteligente en sustitución de su labor. Hay que entender que la fotografía en los medios impresos y en los electrónicos no son elementos estéticos ni complementos del discurso periodístico publicado. La fotografía periodística es en sí un documento de comunicación que aporta datos y revela información. Por lo tanto, debe ser considerada como testimonio periodístico. El fotoperiodista es tan periodista como yo, y sin él o ella no voy a ninguna parte. La emoción y los sentimientos que revela una imagen llevan a la transformación de esa foto en arte y con el tiempo en memoria colectiva de nuestro pueblo. Dicho de otra manera, la fotografía se convierte en un documento histórico.
Basta con recordar las fotografías memorables que tomó Gary Williams cuando Karl Wallenda falleció al caer de su intrépida hazaña en marzo de 1978 o cuando recordamos las estremecedoras fotografías de la tragedia de Mameyes en Ponce hace 28 años. Esta semana quedé de una pieza cuando encontré un enlace del diario El Mundo que desmontaba una teoría fotográfica construida alrededor de una imagen desoladora. La fotografía de un bebé que no pudo escapar del buitre en la aldea sudanesa de Ayod en 1993 no era niña, sino niño, y lo más espectacular es que, afortunadamente, sobrevivió. Cuán reveladora es esa imagen que transcurridos 21 años todavía ocasiona lágrimas, rabia, impotencia y dolor. Pero, peor aún, esa fotografía causó la indignación humana y el fallo inescrupuloso de la opinión pública que aborreció al fotoperiodista sudafricano Kevin Carter llamándolo “segundo buitre” e imponiéndole el castigo del desprecio humano por no ayudar al bebé y optar por captar el momento fotográfico. Carter, quien trabajaba para The New York Times, ganó el Premio Pulitzer en 1994 por la imagen, pero ese mismo año, tras el implacable juicio de la opinión pública y depresión mayor por, según conocidos del fotógrafo, ser testigo de tanta muerte ante su lente, se suicidó. Ahora todos aquellos que valoraron su trabajo se han enterado que al observar detenidamente la imagen el bebé tenía en uno de sus brazos una pulsera del campamento de alimentos de la Organización de las Naciones Unidas, por lo que ya había sido identificado y era tratado por malnutrición severa. Alberto Rojas, el periodista que viajó a Sudán para corroborar la historia detrás de la fotografía, entrevistó al padre de Kong Nyong, el niño captado por el lente de Carter, y le aseguró a Rojas que, en efecto, era su hijo y que falleció en la adolescencia por otras afecciones de salud.
El final de la historia de la fotografía de Carter cambió, pero no su valor. Se magnificó el hito fotográfico al contextualizar la importancia de desmenuzar cada uno de los detalles que hablan en la fotografía. La imagen adquirió mayor melodrama, pues muestra el horror de la vida ante la miseria y la dureza del espectador al declarar sin remilgos su indignación. Sin embargo, redefine lo desconocido de los actores en la imagen que no desfallecieron ante el implacable sonido del dispositivo fotográfico que captó su mísera vida. La fotografía cumplió con su objetivo de comunicar, trascender y estimular. Se logró la interpretación de la fotografía en el presente para encontrar otra realidad. Se vio lo que otros no vieron, y se probó cómo la cámara es capaz de provocar las reacciones más complejas del ser humano.
La expresión de que una imagen vale más que mil palabras toma relevancia, porque muy bien plasma la función didáctica de la fotografía como documento histórico.
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