Opinión: Paredes, 1; Justicia, ¿0?

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

27 ene 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

La noche sudaba tensión. Más de 10 horas de deliberación mantenían al país paralizado. Nada interesaba más. Ni la crisis económica que amenazaba con echar a la basura nuestros bonos ni el chisme de turno en la Legislatura pudieron retar el embrujo que el caso contra Pablo Casellas fue capaz de lanzar sobre el país. Viejos y jóvenes, mujeres y hombres, todos aguardaban con impaciencia el veredicto. Y, aunque el jurado debía actuar conforme a las reglas que establece el mundo judicial, en la calle —donde la ley de la opinión pública juega bajo otras normas— ya había veredicto. Seguro que lo había desde el día en el que Pablo Casellas apareció en televisión nacional poco después del asesinato de su esposa, Carmen Paredes, narrando compungido una historia que para muchos carecía de lógica. Un cuento de armas, robos y brincos olímpicos protagonizados por un “negrito” desconocido que —además de asesino— debió haber sido imbécil. Solo uno habría asesinado a una mujer, aguardado con el arma humeante a la puerta de la entrada de la casa, casi dando los “buenos días” al esposo de su víctima, aguardando a que este entrara a la casa y revisara los artículos hurtados, para más tarde —siempre esperando en la entrada de la casa, como invadido por una paciencia contagiosa— huyera librando un salto mortal sobre una verja de la urbanización. Repetir el relato resulta agobiante y clichoso, de la misma forma que resulta repetir un mal chiste. Pero esa —la crea usted o no— es la verdad de Casellas. Solo que al compartirla con el país no tuvo suerte. Once de los 12 miembros del jurado que evaluaron la prueba en su contra decidieron que mentía. Y allí aguardaba a las afueras de la concurrida sala del piso 7 del tribunal de Bayamón cuando el veredicto fue revelado. La conclusión del caso causó una euforia pocas veces vista en casos judiciales. Ciudadanos de a pie, nada relacionados con Pablo Casellas o su esposa, Carmen Paredes, rodeaban las entradas del tribunal y más temprano habían logrado, en algunos casos, ganar acceso a la sala. “Estoy aquí para que nadie me cuente” era la frase que repetían unos y otros. Era sencillo. El país, harto de que la ciega Justicia pareciera quitarse la venda de cuando en vez al son de un buen billete, había decidido no volver a permitirlo. Si la señora Justicia era ciega, debía probarlo. Tal vez por ello los fiscales del caso celebraban emocionados el veredicto de culpabilidad y destacaban que habían conseguido por sí solos devolver la confianza en el sistema judicial del país. Pero ¿era realmente tan contundente lo alcanzado por el fallo en el caso de Pablo Casellas? Me temo que no.

Aun cuando un veredicto de culpabilidad en caso de que el acusado sea culpable debe ser siempre objeto de celebración por las virtudes del proceso judicial, lo cierto es que el caso contra Pablo Casellas es una dolorosa minoría en un cuadro en el que reina la impunidad. Solo en el año 2013 Puerto Rico vivió 883 asesinatos; uno de ellos fue el de Carmen Paredes. Se ha preguntado usted cuántos de los 882 casos restantes han sido esclarecidos en los tribunales? Muy pocos a juzgar por la tendencia evidenciada en la última década. Según números de la  Superintendencia Auxiliar en Operaciones Estratégicas (SAOE) y la Oficina de Administración de Tribunales (OAT), de los 8,747 asesinatos ocurridos en los pasados 10 años, solo 3,157 casos han sido radicados en los tribunales. Esto representa solo un 36 por ciento de los casos y, de paso, deja claro que unos 5,590  jamás fueron esclarecidos.

Con todo lo doloroso que ha sido para el país el caso de Carmen Paredes, su esclarecimiento abre la puerta para detonar una ristra de preguntas. ¿Qué pasa con los miles de casos que quedan sin respuesta? ¿Qué sucede con las víctimas del crimen cuyos recursos económicos no permiten el acceso a un batallón de abogados o la presión de la opinión pública como aliada? No, señores. Aún falta cruzar un gran trecho antes de celebrar la reivindicación de nuestro sistema judicial. El juego apenas comienza. Solo cuando la señora Justicia logre poner rostro a los miles de casos sin nombre que aguardan en el fondo de un archivo sin la posibilidad de ser esclarecidos ante la ausencia de los billetes para pagar un proceso realmente justo, solo entonces el partido habrá terminado. Pospongamos la declaración de victoria.