Opinión: “Una mujer con recursos”
De camino a la universidad en mi carro sin aire, que se calentaba continuamente, escuchar a la Mala Rodríguez era una motivación. El coro de la canción decía: “Yo soy una mujer de recursos, chulo”. No me creía gánster ni nada por el estilo. Más bien me sentía como una especie de heroína de mi propia historia. Ella cantaba desde la suya, y yo la asociaba con la mía. Los recursos a los que ella hacía referencia eran recursos de vida, actitudes y experiencias como capitales frente a la compleja situación que le tocaba experimentar.
Al entrar por los portones de la universidad, bajaba el volumen de este hip-hop en español que me hacía sentir indomable pero dirigida. Ser una mujer de recursos siempre fue de una u otra manera el objetivo de estudiar, viajar, vivir, trabajar. Ver las cosas con perspectiva y no solo con la lupa. Tenía 19 años, trabajaba en Vivamás y estudiaba en Arecibo. Para ese entonces, que se me explotara una goma era un real problema económico. Por momentos era muy difícil mirar la vida con perspectiva. Así que las letras de la canción eran mi espinaca. Bajaba del carro y caminaba hacia el salón de clases con la lengua afilada y la cabeza hambrienta, convencida de que mi complicada realidad era solo parte de un objetivo mayor: ser una mujer de recursos.
“Si abres la boca, más vale que sea para decir algo con carne”, así decía mi pana Leo, quejándose de que yo siempre tenía algo que opinar. Abrir la boca en un salón de clases siempre ha sido mi estilo, en especial cuando me he comido el material. Esto siempre provocó alrededor mío diversas reacciones, muchas de ellas de resistencia. Lo entendí con conciencia: tener recursos que compartir siempre trae reacciones. Reacciones que prefiero frente a pasar desapercibida.
Las experiencias se convirtieron en mi estímulo para poder argumentar desde lo vivido. Yo quería ser esa mujer de recursos que estudia, trabaja, viaja y opina, una mujer que nunca deja de desarrollarse. Desde esos años en los que me motivaba el hip-hop de esta mujer que le cantaba a su historia hasta estos días en los que elijo en qué utilizo mis recursos, sigo siendo en esencia la misma mujer con la lengua afilada y la cabeza hambrienta. Si hay algo que debo destacar que se ha modificado es la necesidad de abrir la boca, esa necesidad casi física de tener que sacar a pasear el capital de la experiencia.
Poco a poco, tiempo al tiempo, asumir ser una mujer de recursos deja de ser una necesidad y se convierte en una especie de silencioso poder. Un capital que sirve para sentirse siempre lista para enfrentar cualquier situación compleja o sencilla. Enfrentarla desde la silenciosa noción de que lo único que realmente cuenta es lo vivido, lo sudado, lo hablado y lo experimentado.
Te recomendamos estos artículos: