Opinión: Validando nuestras vidas

Por Lily García

20 ene 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

Cuando uno trabaja con personas en su proceso de transición hacia la muerte, hay una pregunta que siempre ayuda a romper el hielo en un momento tan difícil: ¿estás preparada (o preparado) para lo que estás viviendo?  Y si no, ¿qué podemos hacer para ayudar a prepararte? No debe sorprender a nadie que aquellas personas que generalmente dicen estar preparadas, aun con los miedos e inseguridades que provocan el desapego y la anticipación de lo desconocido, son aquellas que sienten que han vivido vidas con propósito.  Hay mucha más probabilidad de morir en paz cuando uno puede sentir que su vida no fue un desperdicio, que dejó algo que vale la pena al momento de irse.

De ahí que me emocionara tanto al leer el artículo que publicó una cadena de noticias de EE. UU. acerca del maestro de una escuela de Miami, quien, luego de haber sido diagnosticado con un tumor canceroso en el cerebro, decidió hacer algo que para sus seres queridos pareció ser una locura.  David Menasche continuó trabajando como maestro durante seis años después de su diagnóstico.  Pero luego de que una convulsión lo dejara con la mitad del cuerpo paralizado y legalmente ciego, el hombre tuvo que abandonar el salón de clases. Fue entonces que escribió en Facebook su deseo de reencontrarse con antiguos estudiantes, no solo para conocer si de alguna forma los había influenciado, sino también para aprender de ellos sus lecciones de vida.
 
En cuarenta y ocho horas ya David tenía invitaciones de cincuenta ciudades diferentes. Viajó durante más de cien días a lo largo de todo Estados Unidos y se reconectó con setenta y cinco antiguos estudiantes.  Los resultados de su búsqueda los plasmó en un libro que acaba de ser publicado este mes: The Priority List:  A Teacher’s Final Quest to Discover Life’s Greatest Lessons   (La lista de prioridades: la aventura final de un maestro para descubrir las más grandes lecciones de vida). 

David tiene hoy cuarenta y dos años y sigue batallando con su condición.  Decidió radicarse en Nueva Orleans luego de haber llegado hasta allí a visitar a una de sus estudiantes.  Hoy la muchacha es su cuidadora a tiempo completo, ocupándose de sus necesidades básicas.  La historia de este maestro y su búsqueda de validación de vida me recordaron que no tenemos que esperar a un diagnóstico terminal o ver amenazada nuestra mortalidad para comenzar a preguntarnos si nuestras vidas valieron la pena.  Pregúntate hoy lo siguiente: ¿cómo quisiera que me recordaran si me fuese hoy?  Y una vez te contestes la pregunta, pregúntate entonces qué estás haciendo para ser recordado como quisieras.  Haz el propósito hoy de vivir una vida que valga la pena.