Opinión: Sanseacabó

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

20 ene 2014, 11:00 pm 3 min de lectura

Todos los años aguardo con especial interés el comienzo de las Fiestas de la Calle San Sebastián. Es —como pocas— una de esas raras oportunidades que tenemos los esclavos del ajoro cotidiano para darnos un baño de gente y ponernos al día con los pesares e ilusiones del colectivo.

Y todos los años la controversia reclama su espacio en la fiesta. Claro que aquí siempre tendrá terreno fértil, uno abonado por las pasiones partidistas que ejercen sobre las masas un efecto de ebriedad mayor que la más grande de las borracheras. Por ello no me sorprendió ver la controversia ser protagonista un año más, porque, en ese mismo ánimo de las pasiones partidistas, ciertamente hay controversias… y luego hay controversias.

Las críticas a la colocación de verjas en las calles del casco antiguo me parecen merecidas. Resultaba impensable para vecinos y visitantes acudir a una festividad desde la que estar parecía una extensión moderna de la mítica cárcel de la Princesa. La alcaldesa hizo bien en retirarlas y mejor en aceptar que se equivocó. Pero la disculpa que sobre el tema vertió el pasado viernes en medio de la entrevista que le realicé desde la calle del Cristo en el Viejo San Juan (para mi programa Dígame la verdad, Radio Isla 1320, 11 a.m.) pareció ser un parto doloroso. Después de todo, nuestra clase política no tiene en su repertorio la admisión de culpas o errores. Tal vez por eso la alcaldesa atribuyó la remoción a una asunto puramente estético para más tarde admitir que se trató de un llano error de juicio.

Luego está el “cacheo”. Que no solo “cacheaba”, sino que también era patrio. Esta controversia fue adjudicada por un tribunal, pero parece ser solo el comienzo de un largo litigio, puesto que la alcaldesa ha adelantado que acudirá a los tribunales para conseguir que se defina bajo qué circunstancias esa práctica es permitida. Y allá en el sur, la alcaldesa de Ponce, María Mayita Meléndez, que no es tonta, movió primero sus fichas en el tablero y levantó el teléfono para llamar a la ACLU antes de que una querella colocara en el mapa a los históricos cacheos en el casco de Ponce con motivo de las Justas.
Y las contrevrsias —patrias o no— continuaban llenando una larga lista. Que si el ruido de las Fiestas.

Que si la falta o exceso de baños en las Fiestas. Que si el transporte público para las Fiestas. Y los taxis y los artesanos y las ventas en las Fiestas. Que si SanSe o San Sebastián como nombre de las Fiestas.

Que si la fiesta en las Fiestas… Sin embargo, ante mis ojos, el saldo de este año —como otros— ha sido uno que en el fondo nos presenta una gran alegoría del país mismo. Uno movido por grandes pasiones. Algunas con efectos nocivos para el colectivo. Pero al final solo lo bueno emerge de entre el caos. Personas de gran corazón, movidas por el amor a su país y a su gente, con apego a sus tradiciones y su música, y enormes ansias de recuperar sus calles, esas que son de todos, pero que hemos permitido que sean ocupadas por unos pocos que, aunque minoría, son capaces de enmudecernos con su estruendo. Ojalá, y como en las Fiestas, las diferencias abran paso al consenso, el que permite que nos miremos de frente y descubramos que, al final del día, es más lo que nos une que lo que nos separa. Así,  sin complicaciones ni controversias estériles. Por mi parte, ya espero con ansias el próximo año para ese tan ansiado contacto con mi país y su gente. Inténtelo. No es complicado. Solo láncese y sanseacabó.