Opinión: Olympus has fallen
Dice la Real Academia Española que emolumento es una “remuneración adicional que corresponde a un cargo o empleo”.
Esa fue la palabra más escuchada ayer durante la vista oral del Tribunal Supremo sobre la demanda que radicaron los jueces, impugnando la ley que altera su sistema de pensiones. El Departamento de Justicia dijo que solo los sueldos, no otros beneficios de los jueces, están protegidos por la Constitución y que la puesta en vigor de esa ley de retiro no interfiere con la independencia judicial. Los demandantes, la Asociación Puertorriqueña de la Judicatura y el juez Germán Brau, sostienen que el carácter retroactivo de la ley constituye un atentado contra el sistema republicano de gobierno.
Es obvio que los jueces del Tribunal Supremo tienen su mente hecha y que sería una tontada pensar que fue una casualidad el que en la víspera de la audiencia paralizaran la ley que concierne a los maestros. Claro, por default le echaron gasolina al paro de los maestros y, para beneficio propio y no del magisterio, empujan a La Fortaleza a una negociación. Hasta ahora, todo apuntaba a un diálogo cuyas expectativas no superaban un momento fotográfico. Al comité de mediadores que encabezan Carmen Yulín Cruz, el arzobispo y el alcalde novoprogresista de Toa Baja les espera más trabajo del que esperaban.
Más allá de lo discutido ayer, viendo el proceso como un televidente común (ya que sigo gozando de algunos días de vacaciones) me acordé de una película que, solo por culpa del ocio, vi hace poco. Priscilla y yo nos sentamos a verla y la apagamos cuando en los primeros 10 minutos había pasado lo más importante, Washington D. C. había quedado destruida por terroristas.
A los jueces del Supremo se les ha llamado en otros momentos históricos como unos dioses del Olimpo, intocables. Ayer eso terminó de caerse y el mitó quedó destruido en los primeros minutos de la “histórica” sesión televisada.
El panel del Olimpo dejó claro desde el primer minuto que había convocado a una vista argumentativa para todo menos argumentar o aclarar dudas. Ello quedó claro con el intenso cuestionamiento al que sometieron a la procuradora general. Ciertamente, ella no pudo explicar las contradicciones en las opiniones del Departamento de Justicia sobre el tema y no comprendió que su rol no era convencer al Tribunal Supremo, sino al país. Sin embargo, lo duro que fueron los jueces con la joven abogada la convirtieron en víctima para los tuiteros y observadores. Evidentemente, los jueces aprovecharon deliberadamente la transmisión para tratar de explicarle al país una previsible y antipática opinión.
Los jueces del Supremo lucieron agitados sin la mente abierta a la disidencia e impacientes. Esos defectos se los atribuimos con frecuencia a la Legislatura a la que ellos criticaron ayer. Hasta “hubieron” dijo uno de ellos cuando preguntaba.
Los jueces del Supremo no tuvieron temor en anticiparle al país que, para ellos, los emolumentos son primero. Ninguna idea aportaron al debate en torno a la crisis fiscal y, lejos de acercarse al país, parecieron aferrarse al Olimpo.
Entre los jueces del Supremo y el grotesco corral en el que han convertido a la zona histórica de la capital para este fin de semana, me acordé de la película y lo absurdo. Olympus has fallen.