Opinión: Me cogió el temblor con los pantalones abajo
Ya pasado el susto colectivo del bendito temblor de las 12:01, como siempre me ocurre, me puse a pensar qué hubiera sido de mí si la emergencia hubiera sido real. Apuesto a que hubiera sido no solo mi caso, sino el de miles y miles de personas en la Isla que, por más que nos han dicho que la posibilidad de un terremoto está latente, no actuamos hasta que vemos al diablo venir.
Resulta que Puerto Rico tiembla, según los expertos, de siete a ocho veces diariamente, movimientos telúricos que casi nunca notamos, pero hemos sido advertidos de que tenemos que estar preparados porque todo apunta a que el archipiélago en cualquier momento le dará con explotar por algún lado. Y el temblor de 6.4 del otro día puso a algunos a creer en Dios.
Afortunadamente, yo creo en Dios desde antes, porque yo no lo sentí. Esa noche caí en la cama tan temprano como las gallinas, en medio de un cansancio absoluto provocado por las Navidades más largas del mundo, lo que agradezco, porque de haberlo sentido, aún estaría temblando yo. Pero mi temblor no es por estar sobre las placas tectónicas (qué palabrita más fea esa). Es porque estoy cero preparada para enfrentarlo.
Con la tranquilidad que te da el hecho de que solo fue un gran susto (para el que lo sintió) y no una tragedia consumada, me reía de solo pensar que, en un caso como ese, yo no hubiera tenido posibilidad alguna de sobrevivir.
Primero que nada, yo sufro de calor. Y a esa hora yo estaba acostada. En caso de haber notado el temblor, habría tenido que arrancar a correr y rogarle a Dios que dentro del terror no se me olvidara arrastrar con la sábana porque si hubiera salido de la casa como hicieron miles de personas, no se imaginan el papelón que habría hecho. Todavía sería tema de conversación de los vecinos.
Y si no hubiera salido de la casa y me hubiera agachado no sé dónde —otra vez pidiendo a Dios no olvidar la sábana—, tendría el otro gran problema de que no tengo un famoso kit de esos de emergencia que recomiendan para estos casos. Pero no solo no tenía kit, no tenía nada de lo recomendado en la casa, ni en bulto, ni en ningún lado. No tenía agua, por ejemplo. Y lo único bebible que habría tenido son los espíritus destilados navideños. ¿Quién toma agua en Navidad? Pues no, no tenía.
Si el temblor hubiera pasado a mayores, yo tampoco habría tenido comida. Para estos casos se recomienda tener comida enlatada, cosas no perecederas, para sobrevivir en caso de que tarde un rescate. Bueno, pues yo tampoco tengo. Miré ayer y habría contado solo con dos latas de habichuelas. Mi otra alternativa, de haber sobrevivido la nevera, eran dos bolsitas de sobras de lechón, que están ahí desde Año Viejo. Lo pienso ahora y me dan ganas de vomitar.
En casa no hay alcohol —isopropílico, aclaro— para bregar de inmediato en caso de heridas-; no hay comida, como en las alacenas normales, porque nunca estoy en casa, y no hay pijamas porque padezco de calor. Tremendo cuadro el mío.
Al otro día, cuando me levanté, me di cuenta de lo que había pasado porque las redes sociales estaban encendidas. La compulsividad al uso de las redes es una cosa fuera de este mundo también. Si, como dicen, el temblor fue a las 12:01, ¿cómo es que ya había memes publicados a las 12:04? O sea, yo me imagino que el tipo corría mientras trabajaba presuroso en la aplicación de su teléfono creando el meme y publicando en Facebook. Supongo también que lo posteaba agachado debajo del marco de la puerta. ¡Todo eso en tres minutos!
Prendí la radio y escuché a varios alegar cosas extrañas, como conversaciones con extraterrestres que le habían anticipado el evento y uno que otro inescrupuloso que alegaba que el susto era castigo de Dios porque somos un pueblo pecador. Casi casi como decir que la Red Sísmica la dirige E.T., el de la película de Spielberg, y el papa Francisco ordena los “castigos” naturales con botones desde El Vaticano. Porque en el susto también tenemos una gran capacidad de ser absurdos.
Una cosa sí me afectó al final del análisis de ese día. Y no fue lo que no hice, sino lo que no dije. Si hubiera pasado algo mis padres no me habrían escuchado ese día decirles cuánto los amo, porque ese día, como tantos otros, no los llamé.
Ahí es cuando de verdad la vida nos coge con los pantalones abajo.