Opinión: Un GPS en Macondo...

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

7 ene 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

A veces me pregunto de qué sirve un GPS en Puerto Rico.

El aparatito ese es una cosa bien compleja. Imagínese un sistema que ha sido creado para detectar posiciones satelitales específicas por un montón de ingenieros y genios tipo Einstein. Nada más imagine el batallón de gente que hace posible que exista un sistema de esa naturaleza.

Pero no todos los aparatitos son inteligentes en todos lados. Por lo general, lo inteligente se potencia con lo inteligente.  Y apuesto a que el inventor del GPS, cuando emprendió tamaña gesta, no contaba con esta isla caribeña, bella, pero nada de inteligente en su planificación y estructura.

Ahora el más o el que menos tiene un GPS, ya sea comprado, integrado en el caso de los carros más modernos o en su teléfono inteligente. Y, por lo general, es útil, pero en Puerto Rico son bien frecuentes los cuentos de las perdidas al infierno que te puede ocasionar el inventito este.  Y es que para que un GPS funcione como debe hay una regla básica y fundamental que debe tener la localidad en cuestión: RÓTULOS.

Una vez uno elige si quiere que las instrucciones te las dé “Tom” en su inglés neutro o “Lola”, en su español bien de Sevilla, uno tiene la expectativa de llegar al destino. Pero si Tom o Lola te dicen que dobles a la izquierda en la calle Muñoz Rivera, y miras pero no hay letrero alguno que diga “Muñoz Rivera”, pues ya te diste la primera perdida con el primer inconveniente.

Y tener GPS y tener que parar en la gasolinera  a preguntar cuál es la calle Muñoz Rivera puede ser una aventura. Porque recuerde que está usted en Puerto Rico, donde nadie se sabe los nombres de ninguna calle a menos que sea demasiado principal, y ahí empiezan los “sigue derecho derecho y, cuando veas el negocio de Tito a la izquierda (mientras sus manos señalan a la derecha), más alantito hay un McDonald’s y un Walgreens. Pasas esa luz y la próxima es la calle Muñoz Rivera”. ¿Qué, quééé Y uno pasa Tito, que no está identificado en el GPS, y se encuentra tres McDonald’s y dos Walgreens juntos y ¡boom!, segunda perdida al infierno.

En la ciudad no es tan complicado, aunque recuerdo la vez que unos amigos extranjeros me llamaron en su camino a los outlets de Barceloneta porque siguiendo las instrucciones del GPS terminaron en una marquesina en Guaynabo porque sin querer marcaron “evitar peajes”.

Ahora, intente irse, por ejemplo, a chinchorrear con un GPS. Literalmente he visto el GPS volverse loco con las flechas y los colores. Porque en medio de una guinda te dice que dobles a la izquierda en lo que nosotros llamamos “cuchillo”. Y lo que no sabe el GPS es que en el cuchillo hubo un derrumbe hace cinco años y todavía están trabajándolo. Y ahí empieza Tom o Lola a recalcular y te manda otra vez a las pailas del infierno porque en la próxima curva hay un caminito rural que en cualquier libro de lógica es la próxima izquierda, pero termina llevándote a un monte sin salida y sin chinchorro.  Recalculas y vuelves a la ruta y te dice que sigas recto 10.3 kilómetros. Pero 10.3 kilómetros en esa guinda, mi querido GPS, es cualquier cosa menos recto. Y todo para una alcapurria. Hay que jo#!@*$.

También hay que actualizarlos porque las carreteras cambian o se renuevan. Una vez el mismo extranjero cruzó todo Country Club para llegar a los outlets de Canóvanas porque en el GPS no existía la Ruta 66. El pobre se tragó la Baldorioty, la Campo Rico, la 65 de Infantería y por poco se hunde en el Río Grande de Loíza para llegar a Canóvanas.

A veces pienso que hay que volver a los mapas. A mí no me resolverían mucho porque soy bien bruta para ellos. Prefiero guiar cuatro horas que tener que interpretar uno. Y volvemos a lo mismo, interpretar en Puerto Rico es un dilema.

Hoy que escribo, por ejemplo, es Día de Reyes, y yo acá en mi película eterna me pregunto: Si no hubiera existido la estrella de Belén y Gaspar, Melchor y Baltasar hubieran buscado al niño Jesús en Puerto Rico, ¿habrían encontrado el pesebre con GPS? Ummmm… Creo que Lola estaría todavía recalculando. El oro, el incienso y la mirra se habrían quedado a lo largo de los 10.3 kilómetros de guinda y los camellos se habrían ido por el barranco del cuchillo derrumbado. O estarían comiendo pasto en la calle Muñoz Rivera después del negocio de Tito y del McDonald’s.
Y la historia de la humanidad no sería la misma.