Opinión: Tuitea con cautela
En una sala de un tribunal estatal o federal se puede observar a cinco o diez periodistas inmersos en sus teclados de los teléfonos móviles. Están escribiendo apresuradamente lo vertido en la vista judicial. Lo hacen porque se lo permite el juez o la jueza de turno y porque, inevitablemente, los tribunales se han tenido que adecuar a los nuevos tiempos. Es una nueva forma de comunicar a la que aún los periodistas nos estamos acostumbrando. De hecho, hay algunos medios de comunicación que le exigen a los periodistas tuitear para adelantar información que sirva de avance y simplemente por la meta de ser los primeros. Pero en ese furor informativo se pueden cometer muchos errores que nos pueden costar la credibilidad que por tantos años hemos cultivado y, en el peor de los escenarios, el trabajo.
Hace unos cuantos días seguía, con espanto, por Twitter la sentencia judicial al convicto exalcalde de Cidra Ángel Malavé. Algunos de los tuits que se estaban enviando desde la sala estaban plagados de conceptos jurídicos erróneos. No voy a hablar de los ortográficos porque, entonces, no termino. Doy gracias a que allí había dos reputados periodistas, uno de ellos abogado que aclaraba conceptos. Tomo como ejemplo ese caso porque transgrede uno de nuestros propósitos: la verdad.
Ahora que todos los periodistas estamos inmersos en las redes sociales, es meritorio que repensemos el uso responsable de estas como fuentes informativas. Facebook y Twitter son herramientas que deben ser utilizadas como fuentes, pero con cautela. Todavía no las considero indispensables ni paralelas a las tradicionales, pero supongo que de aquí a unos meses o años serán una herramienta fundamental y vital del periodismo. ¿Por qué llego a esa conclusión? Me explico. El uso de las redes sociales en el periodismo ha ocasionado que la llamada inmediatez de los medios de comunicación sufra una gran transformación tecnológica y, al mismo tiempo, coloque a prueba la responsabilidad y la ética de la profesión. Resulta que no todo lo que se publica, ya sea en Facebook o Twitter, se puede tomar por cierto y no todo el que publica tiene conocimiento real de lo que publica. Dicho de otra manera, todo lo que usted lea por las redes sociales debe pasar por un profundo discernimiento sobre quién es la persona que lo informa y si esa persona tiene credibilidad para ello. La formación a la par de nichos o grupos dedicados a desestabilizar las redes informativas y colocar en tela de juicio reacciones corroboradas y verdaderas de periodistas serios también pone a prueba el discurso periodístico serio y corroborado.
Cuando llegó Twitter en el año 2006, hubo espanto en muchos círculos comunicacionales debido al culto que parecía estar rindiéndole a la inmediatez informativa sin corroborar hechos. La temida inmediatez que estrangula a los medios de comunicación parecía acercarse de una manera solapada. Entonces, ante lo inevitable muchas de las escuelas de comunicación en el mundo comenzaron a reformar sus cursos porque sabían que la llegada de las redes era un asunto serio y para quedarse. Entonces se procedieron a integrar en las cátedras su uso con prudencia siempre instando a la corroboración y atribución de fuentes, pero con el paso del tiempo nos hemos encontrado con muchos problemas que ya se han convertido en peligrosos porque atentan contra nuestra credibilidad. No se ha podido controlar la verborrea de información vertida por personas que utilizan las redes sociales para desinformar. No se están corroborando fuentes y se da por cierto todo lo publicado. No se debaten ideas, sino personas. Además, ha dejado sin habla a los que desean controlar la inmediatez en los medios porque el poder de expansión de las redes es mayor a lo que se intente vigilar. No deberíamos asustarnos de las nuevas formas de informar ni tampoco de las innovaciones tecnológicas que con ello trae, pero deberíamos apropiarnos de esas invenciones para asumir responsablemente su uso. En ese proceso de reinventarnos, una palabra tan de moda, optemos por corroborar, educarnos y fortalecer destrezas, pero además asumir con valentía nuestras deficiencias y carencias. Para poder hablar y transmitir la verdad hay que tener conocimiento. De lo contrario, es mejor mantener el teclado sin oprimir.