Opinión: Ayuda: Tengo 6 ojos

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

17 dic 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

“Hace muchas columnas atrás les hablé del tostón que es ser cuatro ojos. Olvídense de aquella columna. ¡Ahora tengo seis ojos! Escribí esa columna desde la perspectiva de una miope que pasa las de caín cuando no tiene sus artefactos artificiales de visión. Y pensándolo bien, no es que realmente paso las de caín. Simplemente pasa que no tengo vida. Porque para un ciego, si tú le hablas de un corazón, o de un hígado, quizás no se siente muy relacionado. Pero háblale de ojos. Se le pega el corazón al hígado. No ver debe ser la más terrible de las incapacidades.    Y ojo, lo digo porque gracias a Dios no tengo ninguna otra incapacidad. Pero ocurre que soy ciega. No de verdad-verdad, ni siquiera legalmente hablando. Pero quítame los espejuelos y soy la persona más vulnerable del mundo. Y como esas cosas que ocurren fin de semana, en que uno no recuerda cómo chocó el carro o cómo rompió el celular, pues yo perdí los espejuelos”.
 
Viré la casa patas arriba, limpié esquinas que no había tocado en años, y mis espejuelos no aparecieron.

Mis gafas de sol, exactamente porque soy ciega, son recetadas. Y como había perdido mis espejuelos, salí de mi casa a las 5 de la madrugada con esas gafas a llevar a mi esposo al trabajo. Pienso que la señora del puesto de seguridad debe haber supuesto que estaba loca, borracha o en drogas.

Si no hubiera sido por mis gafas de sol recetadas, no hubiera sobrevivido entre el tiempo en que me di cuenta de que las había perdido y el momento en que decidí ir al optómetra. Casi casi tengo que recurrir  a “llame y viaje”, porque no solo me sentía incapacitada. Estoy segura de que en esos momentos yo era un peligro para mí y para la sociedad en general.

Primer problema de ciego que pierde espejuelos: ¡¿cómo coño los encuentra si no veeeeeeee?! Así que me resigné  y persignándome cada diez minutos llegué a mi cita para reponer mi vida, digo, mis ojos.

Llegué a mi cita sonriendo porque desde el último examen visual que había tenido era claro para mí que estaba teniendo unos pequeños problemillas más allá de ver de lejos. Tristemente, admití ante el doctor Montalvo que estaba comenzando para mí esa etapa en la que uno se pone el menú, no cerca de los ojos, sino cerca de la falda.

Obvio, que con un disimulo brutal, no sea que el globo terráqueo se dé cuenta de que estás envejeciendo. Pero me senté y se lo dije sonreída. “Doctor, creo que estoy ahí”.

Luego de las pruebas, el doctor me dijo: “Bienvenida al mundo”… No me dijo qué mundo, pero claramente era el de los envejecientes. Encima el de los precoces, porque no he llegado a los 40 y a mí toooooodo el mundo me había jurado que era cuestión de cumplirlos para empezar a ver borroso, no antes.

El doctor Montalvo me dijo: “Eres un caso de presbicia joven”. Yo me dije: “Joven suena bien”. Y él se reía porque sabía que estaba a punto de darme un diagnóstico desagradable. El mismo doctor me decía que mi reacción era linda. Que tenía amigas que al ser diagnosticadas con esa cosa tan tonta que no es más que usar bifocales, lloraban. Era cuestión de él virarse a escribir la receta para verlas entrar en una depre total.

Yo seguía riéndome en mi silla. El doctor Montalvo no sabe que su noticia fue una bobería para mí. Es más. La esperaba. No a mi edad. La esperaba más tarde, lo confieso, pero ¿saben qué? Qué bueno saber que mi problema más próximo es que me suman los años en los ojitos.

Claro, no contaba con que para usar bifocales parece que hay que hacer un curso antes. Hay que enfocar hacia el medio, nunca para abajo. Ya lo descubrí y no fue bonito. Me caí en pleno proceso de abordar un avión esta semana, frente a casi 100 personas y en plataformas gigantes. Me caí con un estilo total, eso sí. Y le pedí a un caballero que me ayudara a salir del piso, porque con tanto motete no encontraba levantarme rápido y con elegancia. Me hice la que no había pasado nada, pero cuando llegué al asiento admito que se me salieron un par de lagrimitas de frustración. Todavía ando coja, y me preocupa que esta nueva condición de tener seis ojos traiga nuevamente a mí la etapa aquella en que me caía todo el tiempo.

Seis ojos y dos rodillas peladas, tremendo…