Opinión: Los niños de nadie
La noche pintaba tranquila en la redaccion de Noticentro el pasado 4 de diciembre. Tanto que me permitió trabajar con tiempo un par de historias futuras, algo raro en esto del periodismo. El “ahora” siempre se presenta agobiante y deja muy poco espacio para pensar en el “después”, pero todo estaba a punto de cambiar y yo, sin saberlo, sería colocado en una de esas experiencias que marcan la vida de un periodista.
Pasaban las ocho de la noche y la mesa de información me asignó junto al fotoperiodista Enrique Jiménez al Departamento de Familia. La escena era complicada. Un adolescente de 17 años amenazaba con lanzarse del sexto piso del edificio de esa agencia de gobierno en la avenida Barbosa en San Juan. Al llegar, me lanzan una recta… “El joven quiere ver a un periodista. ¿Nos ayuda a negociar?”, me soltó uno de los encargados de la escena. Sin pensarlo mucho lancé un timido “sí”, pero mientras subía hasta el sexto piso, escoltado por agentes de la Policía, me asaltaron las dudas. ¿Y si en lugar de ayudar, mi presencia empeoraba la situación? ¿Y si el adolescente cumplía su amenaza? En cualquier caso, no había mucho por hacer. El ascensor ya abría en el sexto piso y allí estaba yo, listo para conversar con un jovencito que no conocía, sobre su historia, que no conocía.
Al reconocer mi presencia, el muchacho empezó a hablar. Sus quejas eran múltiples y, aunque parecía poco centrado y emocionalmente perturbado, el listado de asuntos que me presentaba tenía una triste dosis de realidad. “Solo quiero un hogar”, me dijo. Pero no se refería a la asistencia del Estado para alquilar o comprar una casa. Mucho menos a que se le llevara de regreso a su hogar de acogida provisto por el Departamento de la Familia, el jovencito había pisado muchos de ellos en sus 17 años, quizás demasiados. Muchos lo expusieron al dolor, según me contaba. Había sido maltratado. En ocasiones encerrado en cuartos oscuros como castigo. Y pasó más, pero lo ocurrido no podía ser verbalizado. Nunca conoció a sus padres. Ellos nunca quisieron relacionarse con un hijo que no les pidió venir a ser expuesto a una vida de penurias. Su única familia, una hermana a la que ha visto en contadas ocasiones, nunca quizo hacerse cargo de él. Estaba solo y su única exigencia era tener, por primera vez en 17 años, un lugar al que llamar hogar. Tras escucharlo y luego de algunas promesas hechas por personal del Departamento de la Familia, el jovencito bajó del balcón donde amenazaba con lanzarse. Y al hacerlo me empujó al encuentro de una buena dosis de realidad.
Su historia es una de tantas que se replican diariamente en el país y que históricamente han recibido un tratamiento genérico. Un nuevo caso es un nuevo número para una agencia sin recursos en tiempos de escasez, como resultado hay muchos de estos jóvenes con vidas sin rumbo, custodiados por todos y por nadie. Y a veces —quizá en demasiados de los casos— se convierten en un negocio rentable. Más niños de acogida, más chequecitos del Estado.
Luego, en un soberano ejercicio de locura colectiva, nos preguntamos qué pasa con el país. ¿Por qué aumentan sin freno las estadísticas del crimen? Y ante esas preguntas, siempre la lluvia de respuestas recurrentes que ya han probado ser equivocadas. El crimen aumenta porque no hay suficientes policías en la calle o porque el superintendente no es bueno, o porque no se ha publicado el plan anticrimen, por combustion espontánea, tal vez porque estamos en el fin de los tiempos,o porque bla, bla y más bla.
El problema es que la respuesta siempre ha estado justo frente a nosotros. Está en los rostros de los cientos de niños que, como el joven que amenazaba con lanzarse del balcón, han sido doblemente penalizados. Condenados a una vida defininida por la constante pérdida, la inestabilidad y el olvido. Si se quiere combatir efectivamente el crimen, basta de levantar el dedo índice al aire en busca de direcciones que ya se han probado equivocadas. Ojalá pronto nos atrevamos a mirar a los ojos a estos niños de todos y de nadie.