Desde mi banca veo a Casellas
Esta semana me tocó salir a la calle a ver si el gas pela o no pela. Me estoy probando. Mi (corta) carrera de periodista tiene un antes y un después del caso de Pablo Casellas.
Por alguna razón, antes del caso, si cerraba los ojos y me imaginaba a Pablo Casellas siempre lo veía con una camisa blanca de manga larga. No tengo otra imagen de él, y así mismo me lo encontré por primera vez, con su camisa blanca. Pienso que quizás utiliza ese color para complementar esa cara sin expresión que veo desde mi banca. Pero bueno, quizás le gustan los colores claros y punto.
Desde mi banca veo a una persona de la que no emana tristeza, coraje, miedo, felicidad, estrés… No tiene expresión. No se puede leer. Es más, no sé si puedo enfatizar suficientemente cuán extraño es para mi ver a este hombre sin ningún tipo de emoción en su rostro, como un niño, sentado al lado de su padre mientras lo juzgan por el asesinato de su esposa.
Su presencia se me hace tan extraña que, en los recesos, cuando él me camina por el frente, soy yo la que baja la cabeza o cambia la vista. Quizás todo es culpa de mi falta de experiencia cubriendo casos judiciales. Pero también puede ser que me aterran las personas que no expresan emociones, pienso que no son de confiar.
Por el contrario, la madre de Carmen Paredes tiene las emociones a flor de piel. Ella llora cuando le nace. Expresa que no ha dormido bien.
Una de las escenas más tristes que me relató la joven sentada al lado mío, tuve suerte de no haberla visto. Aracelis Cintrón, le daba besitos a su celular que tiene como background la foto de su hija. Dijo que su familia era una feliz y que esto es lo único malo que les ha pasado.
Asimismo, en solo días me he dado cuenta que Cintrón es una mujer muy devota. Que no habla de un recuerdo sin antes darle gracias a “papa Dios” por la oportunidad de haber pasado por ese momento del que va a hablar.
Y es quizás esa misma devoción la que hace que sea evidente que ella no es una mujer rencorosa. Saludó al hermano que Pablo Casellas y luego de hablar un poco sobre su salud, ambos dejaron que el silencio y las miradas lo dijeran todo.
Es en esos momentos de silencios y miradas en los que pienso que dentro de la sala 706 todos tenemos sentimientos encontrados. Bueno, menos Pablo. De sus emociones no puedo decir mucho.
Sin embargo, hay un momento en el que Pablo Casellas expresa algo; se ve humano, y es cuando está con su hija. En ese momento lo miras y aparenta ser otra persona. Alrededor de ellas él sonríe; se ve más suelto al hablar.
María José mira a su papá con el mismo amor y respeto que yo miro al mío. Ella, por su pequeña estatura, mira hacia arriba y cuando se cruza con los ojos de él, los de ella le brillan. Ella ama a su papá, sus ojos la delatan y gritan que su papá no pudo haber matado a su mamá.