Opinión: El troquero bully

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

10 dic 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Nuestras calles son fuente constante de inspiración para mí. Paso tanto tiempo en ellas que ya me siento como una de esas que llama a la radio y se identifica como “anónimo, de la calle”.

Y aunque ya hemos aquí discutido las locuras que hacemos todos mientras guiamos, creo que es mandatorio dedicarles unas líneas a nuestros amigos los troqueros. Creo que es una distinción que se han ganado con el sudor de su frente y con la irreverencia de su conducta.

En este nuevo mundo donde a todo el que alza la voz unos decibeles le llaman bully, yo hoy, por la facultad que me brinda Metro de escribir lo que me da la gana, los bautizo en el nombre de la humanidad, como los troqueros bullies.

He tratado de no tenerles mala voluntad. A veces hasta les doy paso reconociendo que no debe ser fácil coexistir en nuestras carreteras con demasiada gente con carros de tamaño moderado, pero con malas costumbres de tamaño caterpillar.  Pero la buena voluntad me dura poco porque los troqueros, para mí, tienen un gen, una predisposición a la grandeza y a la superioridad que va por encima de las dimensiones de sus vehículos y de la cantidad de sus ruedas.

Con la mera bocina, un troquero te puede fastidiar el día. Porque no perdonan un despiste. Si vas detrás y cambió la luz y no te diste cuenta, a tragarse el bocinazo que no es uno cualquiera. Y te sacan el alma  y el corazón por la boca con una facilidad espantosa. Y luego te pasan por el lado, sabiendo que te asustaron, y te hacen señas o se ríen, como diciendo: “¿Quién te manda a ser tan pequeño, lero, lero?”.

Y, encima, aprovechan sus alturas para ligarte si eres mujer. Me he cogido bajándome la falda en la guagua (que tampoco es un carro compacto, pero se presta para que te liguen) porque el troquero pasa y se te queda mirando como si hubiera carne en vitrina de quiosco de Piñones.  Ahí quien se ríe soy yo porque desde esa altura, mijito, good luck con ver, porque con tocar, nacarile.

Una vez sostuve una “conversación” por señas con un camionero. Me mandó un beso. Yo me reí y le mostré mi aro de matrimonio. La luz no cambiaba y él me enseñó que también tenía aro de matrimonio. Era una joda de carro a carro. Ellos también se aburren.

Y las velocidades. Oye, a esta gente se supone que se les da un examen diferente de conducir para la llamada licencia heavy. Sus velocidades, especialmente con esas dimensiones y las cargas que llevan, son considerablemente más bajas, pero hay que ver la cantidad de troqueros que te pasan por el lado como fuselajes. Ah, pero con el letrerito en la parte de atrás que dice: “Yo guío con precaución; pero si no lo hago, llame al ####”. ¿A qué coño de número voy a llamar si pasaste tan rápido que no me diste “chance” de leerlo?

Yo creo que no tienen sangre en el rostro porque, encima, cuando les toca a ellos ganarse la solidaridad del resto de sus coexistentes enanos, ni te miran. Como cuando se dan cuenta de que hay que doblar a la izquierda y se metieron a la derecha y empiezan en plena vía a dar reversa y tienen que empezar a dar pa’tras cuatro carriles completos de carros y se forma la del demonio. Yo ellos ando con múltiples escapularios, a lo Carmen Yulín. Pero no, ellos con no mirar tienen.

Quizás cuando único siento compasión es cuando los veo de noche, bien de noche. Aunque Puerto Rico es pequeño, a esa hora guiar ese mastodonte le da pena a cualquiera y seguramente es de una esquina de la Isla a otra. En otros países de mucha mayor extensión les preparan áreas especiales para que se tomen sus siestas. Un troquero dormido es un peligro real.

Y cuando se escuchan las noticias de que se volcó uno, también me da penita. Nadie quiere ver a nadie involucrado en un accidente, ni siquiera al troquero bully.

He visto camiones casi en función de remolque al carro del frente. Admito que me da risa cuando los veo detrás de un Fiat o de un Smart Car, porque ese si no anda bien pendiente, va a terminar con un infarto al miocardio en cualquier momento,  gracias al troquero bully.

Si aprendieran a respetar harían de las calles unas menos locas. Si ya estamos locos de más. Unas millitas más, unas millitas menos. ¿Qué les cuesta darse a querer? Más cortesía, más respeto. Aun los bullies tienen capacidad de redención.

¡Y si se portan bien, quizás hasta les devuelvo el beso! ¡MUA!