Opinión: Terrorista, Gracias

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

9 dic 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Cuando era niño sabía quién era Nelson Mandela. O eso pensaba. Le había visto en televisión y me caía bien. Tenía una sonrisa que parecía sincera. Cálida. Y ayudaba que guardaba un asombroso parecido con mi abuelo materno.

Los adultos de la familia decían que era importante. Había estado preso, “pero no era un criminal”,  me explicaban. Debía estar agradecido por su “sacrificio”, había escuchado decir.

Crecía y al hacerlo escuchaba más sobre este hombre. Y también sobre el apartheid. Era algo repudiable, se me enseñó. Pero más allá de repetir lo que escuchaba, lo repetido no tenía referentes ni justificaciones. Como tampoco la tiene el fanatismo de aquel que vota por el partido de sus padres. Era solo un papagayo.

No fue sino hasta mi vida adulta que comprendí realmente el nivel de sacrificio de este hombre cuya partida me ha dolido como pocas. En la universidad fui consciente de su grandeza. Y descubrí que le estoy en deuda.

Entenderlo no fue complicado, tras conocer el motor que movió su lucha contra el régimen racista de su natal Sudáfrica. Ese sistema de clasificación en el que los negros, el —90 por ciento de la población de esa nación— eran vistos desde la oficialidad como ciudadanos de segunda clase. El “derecho” y la “democracia” parecían estar amarrados con un cordón que se apretaba para ahogarte con fuerza si tu piel no era la esperada. Algo así como una carta de colores en la que mientras más oscuro se era, menor era tu valor. Y tus derechos.

Ser negro suponía —por ley— no poder ocupar posiciones oficiales en el Gobierno, ver limitado el derecho al voto o no ser capaz de entrar a zonas exclusivamente separadas para ciudadanos blancos.

En definitiva, conformarse con las sobras que el estado blanco dejaba en el suelo. Pero Mandela no se conformó y, al no hacerlo, envío al mundo múltiples lecciones que hoy, sin duda, tienen una vigencia inexpugnable.

La primera de ellas, aquella que nos enseña que las leyes son buenas solo si son justas. De lo contrario, todos, como Mandela, debemos cuestionarlas y, de ser necesario, combatirlas. Nos enseñó que cuando el estado nos asfixia, la subversión es un derecho y no una falta.

Nos enseñó que terrorista es un término de dudosa reputación que —en gran parte de los casos— solo sirve a quien lo utiliza como excusa para no atender sus propias faltas. Solo eso explica que Mandela, ganador del Premio Nobel de la Paz y figura cimera de los derechos humanos, fuera tildado como tal por la mayor parte de los países del llamado “primer mundo”. ¿Su pecado? Haber decidido luchar con todos los recursos en su poder para derrocar un sistema abusivo y racista. Hasta 1992, el Mandela que hoy es venerado por los Gobiernos del mundo era un terrorista más en las listas de los malhechores del planeta.

Nos enseñó que la verdad es la más poderosa de las armas de los hombres. Y que el que de ella se vale, ahora o más tarde, obtendrá la victoria. Que el perdón fortalece y sana. Y que, de su lado, la reconciliación es posible aun cuando se plante en medio de los enemigos más recios. Solo así un hombre con la grandeza de Mandela fue capaz de echar atrás más de 20 años de encarcelamiento, vencer en las elecciones convirtiéndose en el primer presidente negro de su país y, contrario a lo esperado, mantener a su predecesor Frederik de Klerk, como el vicepresidente de su gobierno de reconciliación. Así. Sin más. Sin rencores ni venganzas.

Mandela nos enseñó el rostro del sacrificio. Ese que le llevó a renunciar a una vida cómoda. Tan cómoda como le permitía su derecho hereditario a ser jefe de tribu. Pero, sobre todo, el sacrificio ejemplificado en la ofrenda de más de 20 de sus años más productivos. No por la lucha de un interés individual, sino bajo la creencia de que hacerlo traería justeza y redención a toda una nación.

Como hombre negro no puedo sino estar agradecido y honrado por su gesta. Porque su sacrificio nos lega por derecho un mundo más justo. En 1996, seis años después de su histórica liberación, Mandela reflexionaba sobre la muerte. “Es algo inevitable. Cuando un hombre ha hecho lo que considera que es su deber para con su gente y su país, puede descansar en paz. Creo que yo he hecho ese esfuerzo y es por eso que dormiré para toda la eternidad.”, decía entonces.

Nada más cierto. ¡Descansa por toda la eternidad, Tata! ¡Madiba! ¡El abuelo de África! Porque al morir no dejas cuentas por saldar. Desde esta esquina mi más grande muestra de agradecimiento. ¡La deuda es nuestra!