Opinión: Mi memoria es un “sofrito”

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

5 dic 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Para tener un buen sofrito se necesita un buen cuchillo, una mano fuerte y tres ingredientes: pimiento rojo, verde y cebolla. Todo debe estar bien cortadito y mezclado en un menjunje rico, familiar y decisivo. Un menjunje como una memoria, llena de sabor y textura. Hay gente que recuerda con la música; otros, con el olfato; algunos, con imágenes, y un buen grupo lo hace con el sabor; a ese grupo pertenezco yo.

Todos los sentidos son especiales, pero los placeres del sabor son insuperables. Mi memoria tiene tres capas, al igual que un sofrito recién picoteado. La primera capa es la del sabor potente y lleno de color, la del pimiento rojo. La segunda es la que está ligada con lo que me hace sentir cómoda y familiar, la capa de los pimientos verdes, con su sabor más neutral. Mi tercera capa es la de la cebolla, una que viene cargada de recuerdos que marcan decisiones, como bocados crujientes que dejan rastro.

Cuando muerdo el pimiento rojo, encuentro una invasión de momentos ricos. Son momentos traducidos en besos, en abrazos, en aeropuertos, en flores de felicitaciones, en cartas de buzón, en parchas de verano o en cafés con amigos e historias. Son esos recuerdos que tienen textura propia y que, cuando los cocinas, no pierden su personalidad. Un buen pimiento rojo en el sofrito siempre se hace sentir.

En los recuerdos, así como en el sofrito, no todo es rico y potente, también hace falta el cuerpo del sabor, la base. Ese gusto que trae recuerdos que alimentan, no solo recuerdos ricos, sino momentos sustanciosos, formativos y conocidos, momentos como nostalgias de épocas, como la niñez, la elemental, la escuela superior, el primer trabajo en Tres Palmas, el equipo de fútbol, el grupo del Sheraton, las tardes en la cafetería del bachillerato o las 150 mil millas de la montero azul. Esas partes del sofrito que se hacen familiares por la constancia y no por la sorpresa de su sabor.

Luego, viene la cebolla y ahí también viene el gusto propio. Hay quienes la prefieren cruda, crujiente y en su forma potente. Otros, como yo, les gusta pasada por agua o cocinada, algo más tenue. La cebolla trabaja en la memoria como esos recuerdos que son para meditar; es esa parte del sofrito por la que sabes que es sofrito y no solo pimientos. La cebolla me transporta a la frustración de perder esa competencia, a la muerte de un abuelo, a la visita de un padre en la cárcel, a un “hasta pronto” o también a aquella vez que pedí perdón, a haber dado la cara cuando había que darla, a bajar la cabeza, aceptar y a seguir empujando. La cebolla me recuerda el compromiso con el sabor, me lleva a aceptar que se come con ganas y que se deja rastro.

Tanto el pimiento rojo, el verde como la cebolla forman el sofrito de mi memoria. Una memoria que mezcla los recuerdos ricos, los familiares y los decisivos. Como buen sofrito, la memoria debe ser una llena de sabor, textura y mezcla.