Opinión: Fernando
En el año 1996 le conocí y me pareció un chico bonachón que quería comerse el mundo con su ojo aguzado que identificaba qué era noticia. Contaba las historias a través de las imágenes. Era un sabio a la hora de escoger cómo debía ser la composición fotográfica que sedujera al espectador. Tenía un talento innato y no era para menos pues nació en cuna de fotógrafo. Sin hacer mucho ruido y con su espectacular sonrisa llegaba a los lugares, hacía su trabajo y se marchaba entusiasmado. Todos los que lo conocimos sabemos que trabajó en muchas ocasiones por vocación y sin paga. Dicen los más íntimos que guardaba lo ganado en una lata de galletas porque no se fiaba de los bancos. No sé si era verdad, pero moríamos de la risa con esa ocurrencia. Era un placer hablar con él y siempre opinaba respetuosamente. Cada día aprendía de él su agudeza y creatividad. De su boca nunca salió un insulto y mucho menos una calumnia. Además, era discreto y paciente, cualidades que hoy día se han perdido. Todos los días pienso en su esmerado trabajo y me hubiese encantado que los que hoy comienzan y los que ya llevan mucho tiempo detrás de un lente se permitieran aprender de su gesta y que no desfallecieran en el intento de defender su profesión.
A principios del año 1996 recibí la encomienda, junto con Fernando, de cubrir un asalto con rehén en San Sebastián. Durante todo el trayecto de San Juan a ese hermoso pueblo en la zona oeste, íbamos conversando de cómo cubriríamos la asignación y qué haríamos si nos encontrábamos con el peor escenario. Era una noticia en desarrollo que a los periodistas, que cubrimos contenidos fuertes, nos hace retumbar el corazón y subir la adrenalina. Al llegar al pueblo, un policía que parecía esperar nuestra llegada con ansias nos escoltó al negocio donde estaba el cautivo. Decenas de personas rodeaban la floristería como si fuera una fiesta patronal, pues en pueblo pequeño esas incidencias no son comunes. Al bajarnos del vehículo, estaba esperándonos el entonces director de la División de Robo a Bancos de la Policía que se encargaba de manejar las situaciones con rehenes, el coronel José Caldero. Cuando se me acercó comprendí que el suceso era muy peligroso y que en algo Fernando y yo estábamos involucrados. Me indicó: ¡Qué bueno que llegaron! El hombre los está pidiendo. Solo sigan mis instrucciones, no les pasará nada y tengo a mis hombres listos para actuar. Mariliana, solo repite lo que yo te voy a decir”. Fernando y yo no tuvimos tiempo ni para pensar. Solo alcancé a decirle a mi compañero de faenas: “Prende la cámara y nunca dejes de grabar”. Los tres caminamos apresuradamente hasta la entrada de la tienda y allí observé a una frágil y joven mujer bañada en lágrimas. El secuestrador la tenía bajo amenaza con una filosa tijera en el cuello. Mientras tanto, yo solo escuchaba su llanto y sentía la respiración profunda de Fernando, cuyo lente descansaba sobre mi hombro derecho. Una docena de agentes especializados armados hasta los dientes nos rodeaban. Seguí ls instrucciones de Caldero y le dije al hombre: “Soy Mariliana Torres de Las Noticias y estoy aquí para ayudarte”. Entonces le pedí al raptor que se acercara. Con la tijera en mano y la mujer a su lado se aproximó y comenzó a vociferar que no tenía una vivienda y que el Gobierno no le ayudaba. Caldero me dijo: “Dile que lo ayudarás, pero que te tire la tijera”. Para mi sorpresa, en solo segundos el hombre desesperado corrió hacia nosotros para apuñalarnos, pero en un acto tan veloz que no puedo describirlo los agentes le quitaron la tijera y lo arrestaron.
Fernando nunca dejó de grabar. Sus tomas de cámara fueron dramáticas, precisas y mostraron el impacto que solo las noticias del momento ocasionan. Son historias memorables que pocos periodistas tienen la oportunidad de vivir y transmitir. Me satisface pensar que gracias a nuestra intervención salvamos una vida y que el hombre fue atendido porque estaba perturbado mentalmente.
Desde ese momento, Fernando y yo estuvimos más unidos en nuestro trabajo. Fernando era un excelente fotoperiodista, pero más que todo un gran amigo. Por eso, el día que te asesinaron supe que contigo se fueron muchas historias que vivimos y que jamás ningún otro fotoperiodista podrá contar.