Opinión: Aquí nadie sigue instrucciones

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

26 nov 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Desde que uno es chiquito, tanto en la casa como en la escuela, escucha insistentemente que hay que “seguir instrucciones”. Y eso está perfecto porque son años de formación y hay que ir instruyendo a la pequeña personita a llevarse con algún orden en la vida. Tiene sentido.

En mi escuela, cuando una maestra escribía en la libreta de algún compañero “No sigue instrucciones”, para mí era como el mangue mortal, lo que años después llevó a algunos a decirme que esa interpretación era lo más “nerdo” que habían escuchado en sus vidas. Pero para mí no seguirlas en la escuela tenía consecuencias y en mi casa eran aún más aterradoras, así que yo crecí siguiendo instrucciones.

Pero temprano también descubrí que muchas instrucciones no tienen sentido. O las creó un ser humano aburrido y/o amargado que en determinado momento pensó que  había que hacerlo así porque sí. Y esas eran las peores. Cuando yo le preguntaba a mami por qué me daba una que yo no entendía y me decía “porque sí”, era como un dilema existencial. No podía retar la instrucción, mucho menos desobedecerla, pero algo en mi rebelde cerebro me decía que era producto de un capricho o de la conveniencia si era “porque sí”.

Ya hace muchos años que no estoy ni en mi casa ni en la escuela. Pero trabajo, he tenido varios patronos desde los 14 años. Es claro que aún tengo que seguir instrucciones. Pero me tripea ver que, como norma general, la gente, incluyéndome, no sabe seguir instrucciones, desde las básicas, aunque haya cartelones alrededor alumbrados con luces de neón.
Nos pasa a todos. La puerta puede decir “Hale” y nosotros leemos “Empuja”, pero “empuja con fuerza” porque “qué porquería de puerta que está dañada”. Me he cogido dándole golpes a la puerta hasta que alguna amable persona pasa por el lado y “hala” la puerta, porque así lo dice en letras grandes y doradas.

La mayoría de las instrucciones fuera del trabajo, la escuela y la casa uno las sigue en la carretera. Instrucciones que la gente sí que se pasa por donde no les ilumina el sol. El manual del conductor, ese que te dan cuando tienes que sacar la licencia de conducir, debería decir “NO haga nada de esto”. Creo que sería más eficaz. El cerebro nuestro a veces funciona invertido.  Estaría bueno probar esa estrategia. Tengo la teoría de que de repente bajan los accidentes automovilísticos.

Pero creo que las instrucciones que ganan el campeonato son las que se dan en los aviones. Estarán aprobadas por no sé cuántas reguladoras, pero, me perdonan, dan risa. Es que es absurdo pensar que, si el avión está por estrellarse y baja la mascarilla amarilla de oxígeno, yo voy a recordar que debo ayudar al vecino primero y luego ponérmela yo.  En un avión, donde nadie presta atención al video de las instrucciones, la mejor parte es cuando te piden que mantengas la calma y que en caso de “evacuación” (hello, ¿pueden cambiar la palabrita?) cruce sus brazos y se tire por la rampa amarilla, pero relax, que las sillas sirven de salvavidas. ¿Qué, quééé?

Una muy preocupante se ve en los baños de los restaurantes. “Empleados, favor de lavarse las manos”. ¡¡¡Dos veces qué quééé!!! Yo presumo que todos nos lavamos las manos después de usar el baño, pero supongo que el empleado del restaurante se las lava cuatro veces y/o se inyecta antibacterial por vena. ¡Está bregando con MI comida!

Otro caso que ya pasó en mi libro de cómico a irritante es la gente que llama a la radio. Yo aprecio a Luis Francisco Ojeda, pero creo que mi admiración por él trasciende su carrera y su trayectoria. ¿Usted sabe cuántas veces Ojeda tiene que decir al aire “baje el volumen de su radio cuando llame”? Y siempre está el que “ah, ok, deme un momentito” y va chancleteando a bajar el volumen del radio mientras todos nos comemos el bache en vivo, los ladridos del perro y el cacareo incesante de la gallina. Mano, no está fácil ser Ojeda.

Y, aunque pienso que no es un mal puramente boricua, me da curiosidad ver que cruzamos el charco y de repente empezamos a seguir instrucciones. ¿O no se ha dado cuenta de que el boricua más disciplinado es el que va a Disney World? Ese hace la fila, hala en vez de empujar, estaciona donde Mickey le dice, se calla la boquita cuando Minnie se lo pide, tira los papelitos en el zafacón  y fuma en el área designada velando que no se le caiga la colilla. Es como si el Magic Kingdom les pusiera el cerebro en orden.  Ah, pero aquí… aquí nadie sigue instrucciones.