Opinión: La gran debilidad humana

Por Karla Figueroa @LaKarlaFigueroa

22 nov 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Hoy no hay chiste ni pelea, casi no hay opinión. Esta es mi crónica.

El teléfono sonó a una hora de la madrugada que nunca he podido identificar. La ignoré. Las llamadas a esa hora son solo de borrachos o malas noticias. Sonó por segunda vez. Cuando lo agarré había dejado de sonar. Sonó por tercera vez. Corrí. Contesté. “Buenas noches, ¿hablo con la señora González?”. “No, con su hija”, contesté. “Es del Auxilio Mutuo…”. “Yo se la paso ahora”. Corrí al cuarto de mis papás (que para ese entonces dormían sin ponerle seguro a la puerta). Mi papá levantó la cabeza. Caminé hacia mi mamá y le dije: “Es del Auxilio”. Volví a mi cama. Dormí profundamente.

Un puño en mi puerta me deja con el corazón en la boca. No sé qué hora era, pero por la humedad que sentía, sé que era muy temprano. Abro la puerta (que nunca tuvo seguro) y sin mirar pregunto: “¿Qué pasa?”. Mi abuelo, que llevaba puesto su gabán de pastor de primera, me mira y sin pensarlo ni demostrar ningún tipo de quebranto dice: “Junito se murió”.

Entré a mi cuarto. Lloré menos de un minuto. Corrí a bañarme. De ese momento en adelante todo es borroso. Pero sé que me puse una camisa blanca. Y sé que ese día un cáncer en el sistema linfático venció a mi hermano de 25 años.

Mi prima Laura me recogió. Me preguntó qué sentía. No recuerdo mi respuesta. No tenía respuestas para nada. Quizás, ocho años después, aún no las tengo.

Volví a mi casa. Presencié una de las peores escenas de todo el día. Mi hermana estaba vistiéndose para ir a visitar a mi hermano al hospital. Nadie le había dicho nada. Laura le dijo que ya no tenía que ir al hospital. Ella corrió hacia mí, me dio un abrazo y me dijo: “Tú eres la que me queda”. No reaccioné. No le devolví el abrazo. No dije nada.

Vi a mi mamá, estaba sentada en el mueble y lloraba porque siempre quiso llevar a mi hermano a Disney.  Me fui de mi casa. Mis papás solo me veían en el velorio.

Todo en mi mente está borroso. Los detalles se esfumaron. Pero sí recuerdo que en el velorio mi tío se desesperó  porque  yo no lloraba. Me gritó tanto que me hizo llorar. Alguien me tenía que hacer llorar. Sentir.

Recuerdo que nunca me acerqué a la caja de mi hermano. Sí, una caja. Cuando lo escribo me doy cuenta de lo fácil que todo termina.

También recuerdo cuánto me molestaba escuchar: “Yo sé por lo que estás pasando”. Quería decir: “tú no sientes lo mismo que yo”. Pero cómo decir algo así cuando no se sabe con certeza lo que se siente.

Y cómo no recordar que nunca vi a mi papá soltar una lágrima. Ese hombre es fuerte y seco, como yo.

Enterraron a mi hermano. Ahí quedó todo, en la tierra. Regresé a mi casa, una casa que nunca ha sido la misma. No huele igual.

Ahora tengo batallas eternas con mi memoria. Y es que pienso que la gran debilidad humana es nuestra memoria. Olvidamos.

Ya no sé si esa última conversación que tuvimos en el hospital de verdad pasó o, de tanto imaginarla, me convencí de que pasó. Empiezo a cuestionarme eventos. Me molesto por las cosas que no me dijeron. Pero me doy cuenta que, como quiera y como todo, también se me habrían olvidado.

A veces siento que lo recuerdo y que cerrar los ojos me devuelve a ese hermano callado pero coqueto que tenía. Pero, cuando los abro, me doy cuenta de que es un recuerdo o quizás hasta el recuerdo de un recuerdo. Algo efímero. No hay nada tangible. Ya no hay hechos. Somos recuerdos.

Sin embargo, todos los días lo pienso. Y cada vez que pasa algo bueno en mi vida me pregunto qué él hubiera pensado. No tengo respuesta. Nunca la voy a tener. Pero aprendo a vivir con eso. 

Hace solo unos días me preguntaron si era supersticiosa. Usualmente respondo que “no”. Esta vez no pensé. No intenté esconder nada. Respondí sin filtro: “Sí, soy supersticiosa. Si no lo soy, si no creo en algo, en lo que sea, me quito la oportunidad de alguna vez volver a ver a mi hermano”.