Opinión: Eterna primera finalista

“La ‘belleza universal’ de nuestros tiempos parece alejar el concepto de lo bello de la muy humana imperfección”.

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

11 nov 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Una cosa es un hecho, le guste a usted o no, los concursos de belleza se ubican entre los principales bienes de consumo de quienes consumen información en Puerto Rico. La obsesión con estos eventos —que aquí vemos como natural— es solo cotidiana en algunos países, particularmente en aquellos que pertenecemos al llamado tercer mundo. Y sí, digo pertenecemos porque, aunque se nos ha enseñado desde la oficialidad que ese mundo es otro, Puerto Rico está bien sentadito en el club de los tercermundistas. Y ello, que quede claro, no pretende ser insulto, sino hecho. Somos, sin duda, un país en desarrollo.

El asunto es que, al igual que en Puerto Rico, la fiebre de los concursos de belleza ha contagiado por años a lugares como Filipinas, Venezuela y otros países latinoamericanos. Este año no fue la excepción. Y, como en años anteriores, lo visto preocupa. Más allá de la controversia sobre a quién le robaron la corona, si el vestido fue decisivo o si el peinado de la candidata deslució, algo fue evidente más que nunca: la idea que sobre la “belleza” impulsan competencias como Miss Universo. Y señores, la belleza, según Miss Universo, es un peligroso potaje cuyo resultado puede indigestar.

De entrada hay que decir que la belleza se construye. Es una idea que se promueve como producto en masa y que varía de tiempo en tiempo. La mujer obesa era considerada hermosa en la sociedad medieval (si no, pregúntenle a Botero). Luego, vino la figura andrógina-famélica en el siglo XIX o las generosas curvas impulsadas por el Hollywood de Marilyn Monroe. En tiempos modernos, el modelo ha vuelto a transformarse y el ideal de la “belleza universal” promovido en masa, también.

La “belleza universal” de nuestros tiempos parece alejar el concepto de lo bello de la muy humana imperfección. Ser una mujer hermosa bajo las posibilidades que permite la estricta genética no parece suficiente. La sonrisa bonita se queda corta. Aquí es sustituida por la ortodoncia extrema. Aquella que busca líneas exactas, mordedura precisa, blancura deslumbrante. También parece buscar la excesiva delgadez. La que supera los estándares médicos sobre lo saludable y que raya en el bajo peso.

Pero tal vez lo más preocupante del ideal de la “belleza universal” es el requerimiento casi intrínseco de la renuncia a la propia identidad. A la imposición de la belleza caucásica como la superior. Con lo cual las candidatas de todo el planeta —cada una, como es lógico, con rasgos diversos asociados al universo del pluralismo racial— son sometidas a un “blanqueamiento” progresivo en el que el producto final que es tan homogéneo como falto de personalidad. De las pieles, las más claras. De los cabellos, los más alaciados.  De los perfiles, los más respingados. Cambios, todos, producto del quirófano. ¿Qué hay de los ojos rasgados, las narices achatadas, las pieles aceituna, rojizas o negras? ¿O de los cabellos crespos? Pocas veces las concursantes son , en efecto, la representación de la mujer típica de sus países. Esto es aparente confirmación de que ser lo que son no es suficiente para ser “las más bellas”. El producto: una hermosura construida a fuerza de modificar la propia identidad, labrada con el rigor del bisturí.

Como todo ideal impuesto en masa, nuestras jóvenes se exponen a la idea de que para ser bella será necesario replicar la imagen de la “perfección universal” que ven en televisión y en las revistas. Esa que, con seguridad, las excluye. Les impone que para ser bonitas deberán adoptar los rasgos de “la otra”.

Lo caucásico es bello. Pero también lo asiático, lo negro, lo mestizo, lo indígena. Sin embargo,  para que logren su espacio en el Olimpo de la belleza universal, deberán reclamarlo con fuerza. Lo contrario continuará haciendo más daño que bien a miles de jovencitas para las que mirarse al espejo es un doloroso ejercicio de autocrítica en el que su reflejo les grita que lo que son no es suficiente, que deberán conformarse con ser la eterna primera finalista.