Opinión: Nada es suficiente
Todos a mi alrededor se quejan de la rutina; yo, en cambio, la añoraba. Por muchos años mi trabajo principal fue viajar el mundo y competir en eventos internacionales. Prácticamente vivir en maletas que se hacían y deshacían en el vaivén de las olas y en el movimiento continuo de nunca parar. A los catorce años empezó la travesía de jugar a estar y no estar en mi país y no paró hasta hace unos meses. Cuando reflexiono sobre trece años de mi vida que se dividieron por el mundo, no puedo sino agradecer a las experiencias que me ha brindado. Sin embargo, y valiéndome de esa afirmación oral de que nada es suficiente, puedo decir que siempre añoré la quietud que trae la pertenencia.
¿Es que existe una intrínseca verdad que nos obliga a siempre sentir que algo falta, incluso cuando nuestra realidad parece ser perfecta? ¿Hay algo que aún nos gustaría tocar, vivir, experimentar? En mi caso, lo fue la rutina. A eso a lo que tantos escapan y llegan a odiar con extraña devoción. Yo no extrañaba la rutina de las ocho horas, pero sí la rutina del acercamiento con la gente que uno ama. El cotidiano café o la comida de los domingos en la casa de la abuela, la sensación de pertenencia de más de dos meses a un lugar y a un espacio. Esa tranquilidad de que la vida es un poco lineal, que corre a un ritmo medio estable; no siempre a alta velocidad.
El mundo del continuo movimiento trae experiencias para siempre; pero también una colección de momentos fugaces que a veces se mezclan y extravían. El estado continuo del nomadismo me enseñó a apreciar los instantes, a desapegarme de las emociones pico y neutralizar todo en un ritmo de no pausa. Para muchos eso puede ser una virtud; para otros es como vivir la vida en una continua película que nunca corta, que nunca pausa, que siempre sigue. Seguir sin parar es hermoso, porque obliga a entender que el movimiento continuo es sano para el alma, el cuerpo y el corazón; sin embargo, el paso más lento y, en ocasiones, el STOP vienen bien para no perder la perspectiva de donde estamos.
Este año decidí parar mi emigrante trabajo y estar aquí, vivir la rutina de las emociones y permitirme ser parte. Ahora tengo tanto que hacer y en tanto que participar que no paro de desear más espacios de movimiento y de distancia. Con viajes o sin viajes, con maleta a la mano o sin maleta, la vida para mí es eso que siempre puede ser más, ese espacio al que hay que seguir moviéndose.
Lejos de ser un planteamiento de desagradecimiento, creo que es uno de reconocimiento a la grandeza que hay en cada momento en el que estamos. O sea, siempre habrá alguna rutina a la que extrañar o algún mundo esperando por ser descubierto. De eso se trata la riqueza de que nada es suficiente. Para mí, sentir que algo falta es simplemente el impulso por el que seguimos vivos, deseando, extrañando algo hacia donde ir.