Opinión: Casellas y el melodrama

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

5 nov 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Sala 706 del Centro Judicial de Bayamón. 3:00 p.m. El calor es insoportable y todo el mundo se queja en voz baja. Hace semanas que se dañó el acondicionador de aire en la sala y nadie asume la responsabilidad de arreglarlo. Así que todos sudamos la gota gorda incluyendo el acusado, quien además tiene serias afecciones de salud, aunque muchos todavía las pongan en duda.

Me llama la atención la cantidad de fisgones en la sala. No son parientes del imputado ni periodistas solo parecen estar allí por curiosidad. Ellos quieren observar y conocer a esa figura que vive ante el escrutinio de los demás. Ya saben a quien me refiero:  Pablo Casellas.

Su mirada es inquietante, pero ya no es tan desafiante como el verano del año pasado cuando encontraron a su esposa, Carmen Paredes, asesinada y se le acusó por ello.  Desde el punto periodístico, este caso es fascinante. Primero, cubrir casos judiciales es una de las vertientes periodísticas más difíciles, porque se debe conocer el argot judicial para no errar. Segundo, hay que lidiar con los obstáculos de la cubierta, que incluye el desconocimiento de la evidencia que se presentará —aunque siempre se filtra algo— y la poca información que otorgan tanto la defensa como el ministerio público. Tercero, hay que batirse en el ruedo con los pseudoperiodistas, que, acá entre nosotros, tienen mucha información y hacen buenas preguntas. Cuarto, hay que tener dotes de gimnasta para lograr colocar el micrófono en un lugar donde se escuche la pregunta pertinente y que pueda traducir y recoger las vibraciones de la respuesta. Quinto, hay que identificar, reproducir y tolerar el melodrama que día a día ocurre en sala y fuera de ella.

Llamo la atención con este último aspecto porque, de lo anterior, lo que realmente le interesa a la masa es precisamente ese melodrama que se convierte peligrosamente en titular dejando a un lado el contexto periodístico. A millas de distancia se nota que este caso ha estado afectado por el exceso de publicidad y que ha generado opinión pública en contra del imputado. Ya perdí la cuenta de cuántos paneles de posibles jurados se han presentado. La mayoría de los no cualificados han adjudicado culpabilidad sin haber escuchado, observado y analizado la prueba. ¿Quién tiene la culpa de ello? ¿Qué es más importante para usted: las preguntas dirigidas a insacular los candidatos a jurado cuyo contenido puede dar pistas de hacia dónde se dirige la estrategia de defensa y la fiscalía o prefiere observar al acusado abatido en una camilla?

Las respuestas podrían arrojar pistas de cómo la información pertinente deja de serla y se convierte en melodrama. Evidentemente, ese hombre acusado, que vive ante el ojo público, tiene un juicio paralelo de la sociedad. Ese melodrama que día a día se reproduce en sala y fuera de ella como escena teatral ha generado la opinión pública adversa. De pronto, la figura altiva con llamativa camisa de flores que llegó desafiante al tribunal decae. Parece que el tiempo ha transcurrido a paso acelerado. Se le nota envejecido, enfermo y su mirada ya no es la misma al punto que ocasiona compasión. Es el melodrama que induce las emociones. Pero cuidado cuando se utiliza como catalizador de  la intolerancia, el miedo y la frustración porque podría causar un sentimentalismo exagerado.

Somos responsables de lo que se le ofrece al espectador. Pero qué tal si empezamos a retomar dos tareas fundamentales del periodismo: informar y educar.  Sentirnos orgullosos de que formamos parte de ese grupo selecto que transforma e instruye con las imágenes y las palabras. Tratemos de aleccionar que el melodrama puede ser utilizado como elemento de indagación, pero no de catalizador. Escudriñemos y examinemos la prueba que surge como perro sabuesos. Investiguemos con responsabilidad cada estrategia de la defensa y el ministerio público. Inquiramos con aplomo cada duda surgida. Rebusquemos los cabos sueltos de la investigación. Observemos cada movimiento y lenguaje corporal de las partes involucradas y de los testigos. Seamos responsables de cada palabra que publiquemos. No nos convirtamos en monigotes del melodrama. Evitemos que su exageración obvie la importancia de profundizar.  Seamos honestos en esa búsqueda de la realidad objetiva mediante una exposición responsable de los hechos en su debido contexto sin causar distorsiones de manera tal que le permita al espectador una opinión pública acorde con el proceso.