Opinión: Con la cabeza en el hoyo

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

4 nov 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Para atender los problemas, es necesario reconocer su existencia. Por eso, las recientes declaraciones del saliente superintendente de la Policía, Héctor Pesquera, al abordar la situación de seguridad en el sector Piñones, de Loíza, no hicieron otra cosa sino preocuparme.

Al ser abordado por el planteamiento de líderes comunitarios y vecinos de ese municipio de que los problemas de ese ayuntamiento han sido en gran medida el producto del abandono de los Gobiernos de todos los partidos y, como consecuencia, de la desigualdad, Pesquera reaccionó con el minuendo. “Los líderes no saben de lo que están hablando. No hay ninguna desigualdad”, escupió con fuerza, molesto por la pregunta, como con muchas otras.

Lo dicho por Pesquera evidenciaba una de dos cosas: o total ignorancia del histórico problema de Loíza o un esfuerzo consciente de ocultar lo evidente. Si la respuesta es la segunda, Pesquera no está solo. El país completo ha vivido como el avestruz cuando de Loíza se trata. Lo mismo que cuando se aborda el problema del racismo. Después de todo, ambos asuntos, en el caso de Loíza, van de la mano.

¿Que no hay desigualdad en el trato histórico que ha recibido Loíza? Ahora, hágame una de vaqueros.

Si no es desigualdad lo que ha sucedido con los vecinos de ese municipio, por favor, sugiérame nombres para bautizar las razones que han provocado el histórico olvido de ese ayuntamiento. Uno que ha provocado que el progreso le pase por el lado constantemente como aquel que le huye a la peste.

Si no es la desigualdad, qué explica que todos los Gobiernos —rojos y azules— han hecho poco o nada para atender el desempleo que allí supera el 16 % y la realidad de que el 41 % de sus habitantes vive bajo los niveles de pobreza.

Si no es la desigualdad, qué explica que el cuartel de la Policía de Piñones fuera prácticamente cerrado así como si nada, dejando desprovistos de seguridad a sus ciudadanos.

Si no es la desigualdad, qué explica que, a pesar de tratarse de una zona turística, Piñones no cuente con policías de la “guardia turística”, los mismos que abundan en la zona que ubica a solo metros, cruzando el puente que divide el sector de la muy custodiada zona de Isla Verde.

Si no es la desigualdad, qué explica que la zona no tenga un CDT o el deterioro evidente de sus calles y el olvido de su sistema educativo.

¿Qué es? Dígame usted.

La respuesta es evidente para cualquiera que tenga algo de sentido común. Y a esa desigualdad hay que añadir a la ecuación del desastre una buena dosis de racismo. Ese mismo que se supone que no existe, pero que se vive a diario. Que reduce la discusión de los problemas de ese pueblo a una anécdota incidental. Ese que lleva al país a pensar que Loíza es una “aldea” o un “arrabal” y que sus vecinos, en su mayoría negros, son simpáticos personajes de un documental antropológico, protagonistas de una estampa folclórica. Quien lo denuncie se corre el riesgo de ganarse el mote de acomplejado. Un freno cómodo para evitar la discusión de lo evidente. Para obligar a aceptar como natural la idea del negro como “el otro”, la minoría “simpática” que debe aceptar sin chistar que se le convierta en el protagonista pasivo del chiste de turno o el comentario burlón o del olvido del Estado.

Y mientras el país vive con la cabeza en el hoyo, los vecinos de Loíza batallan por no perder la esperanza de que alguien, quizá esta vez, se tome sus problemas en serio. Quizá esta vez sea la vencida.