Opinión: “Esbaratando” el clóset
Generalmente, solemos pensar en el clóset como concepto únicamente relacionado con la sexualidad. Sin embargo, la realidad es que vivimos constantemente paseándonos entre estos. Algunos esconden nuestra verdadera orientación sexual o identidad de género; otros omiten dimensiones de nuestro ser cuyo momento de enfrentarlas no ha llegado. Por lo tanto, “mami, soy lesbiana” o “papi, tuviste una hija, pero en realidad soy hombre” no son las únicas frases que concretizan un comming out. Por un lado, el clóset es una buena herramienta para escondernos con el propósito de encajar en ciertos espacios; por otro, implica vivir una doble vida bajo los estándares de aquello que es socialmente aceptado.
En mi caso, entre nerviosismo y ansiedad, salí del clóset como hombre gay hace unos ocho años. Vivía cansado de aparentar y estar en el constante performance de quien no era. La verdad es que se necesita de gran valor para hacerlo, ya que nunca se está totalmente seguro de cómo será la reacción de los demás. Fue un momento de empoderamiento al aceptar que soy diferente para así reclamar poder sobre mi cuerpo y mi vida.
En aquel tiempo, tuve que enfrentar situaciones muy estresantes, pero, más importante aún, quité el arma de opresión a quienes apuntaban hacia mi “diferencia” con prejuicio. Ya no había ningún rumor que negar ni una heterosexualidad que presumir. Por fin podía vivir acorde a como soy sin pensar en qué dirían.
Claro que esa no fue la única vez que salí del clóset, pues por un periodo de tiempo me mantuve entrando y saliendo de clósets en diferentes espacios y con diferentes personas. Así comencé y ahora soy abiertamente gay en la mayor parte de los lugares que me encuentro. Aunque mi caso no puede ser tomado como representativo, estoy seguro de que para otras personas este es también un acto repetitivo. En el trabajo (aun cuando el 238 fue convertido en ley), en fiestas familiares o simplemente cuando infieren una identidad o sexualidad equivocada y preferimos no ripostar.
Razones sobran para comprender que muchas personas decidan quedarse “enclosetadas” por largos años de su vida. Esto no debe ser solo comprendido, sino, sobre todo, respetado. Mientras que salir del clóset puede ser un acto de liberación gigante, cada cual sale cuando le da la gana. Esta decisión está completamente atada a la disposición individual de enfrentar lo que viene después, que para muchas personas no resulta ser un abrazo solidario.
Las personas heterosexuales también deberían salir del clóset. De la misma manera que reafirmarse como lesbiana, gay, bisexual, trans y queer (LGBTQ) podría ser un acto revolucionario aun en nuestros tiempos. El que una persona heterosexual salga del clóset y diga: “Soy aliad@ y ¿qué demonios pasa?” es necesario y de valientes.
Si aún existe el clóset, al menos aquel relacionado con la sexualidad e identidad de género, es porque en nuestra sociedad no se ha dado el espacio para romper con él. Aunque se ha visto perpetuado por las políticas del Estado y presiones fundamentalistas, cada persona, desde lo más coloquial hasta lo más amplio, puede hacer una gran aportación para poco a poco irlo “esbaratando”.
“Esbaratemos” el clóset y vociferemos que creemos en la equidad y que somos LGBTQ o aliad@s. Generemos espacios de inclusividad y extendamos la mano hacia aquellos que apenas se asoman por la puerta, demostrando que está más brillante acá afuera.