Opinión: Sin chichos no hay gozo

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

29 oct 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Si usted le pregunta a una mujer cuál es la parte de su cuerpo que más le desagrada o la que quisiera extirpar de golpe, preferiblemente, vía varita mágica, es bien probable que le diga que los chichos.

Y no tiene ni que ser una mujer gorda. Las mujeres siempre nos vemos chichos. Tengo una amiga perfectamente fit que ha rechazado ponerse algún traje de vez en cuando porque “se me ven los chichos”. Y te mata de la sorpresa cuando para hacerte ver como una loca incrédula se agarra un pedazo del alegado chicho, casi apretándose las costillas. Supongo que cuando logra agarrar algo de la minillanta de teresina es porque se comió dos pedazos de pizza adicionales, una pinta de mantecado y dos coca colas. Yo hago eso y la michelín se infla inclemente hasta el próximo size de pantalón.

Por alguna razón, apuesto que por presión estética más que otra cosa, los chichos tienen una reputación tremenda. Y por supuesto que sus mayores víctimas somos las mujeres. Una prima se quejaba el otro día en Facebook de que su esposo le había criticado su chicho. Mi prima, una chica alta, hermosa, inteligente y size 5 a pesar de sus embarazos. Pero tranquilos todos, que su crítico solo es 40 de cintura, número que no pretendo juzgar, pero que dramatiza que muchas veces habla quien menos puede. Yo ella lo castigo. El que critica un chicho de mujer no merece agarrarse de uno.

Pero ¿qué es un chicho y por qué su mala reputación? En mi diccionario,  “chicho: dícese de una manifestación física de abultamiento de un cuerpo al que su dueño le ha metido alimento rico y gozoso, que luego ha tenido complicaciones para eliminar”.

Y, entonces, ¿cuál es el problema? Es un contrasentido estigmatizar el gozo, por ende, al chicho, que excepto que sea ya a niveles no saludables, ¿a quién le molesta?

Es más, yo miro con sospecha a los que NO tienen ni un chichito. Me pregunto qué comen y, si comen, si tienen un pacto con fuerzas extrañas o si tienen disciplinas tan perfectas que no les permiten el gozo, la desviación momentánea, el famoso desarreglo. O si después de desarreglar el cerebro se les convierte en un twilight zone de cargos de conciencia.

He imaginado a algunas flacas actuando como flagelantes filipinas mientras se comen un pecaminoso molten al lado mío. Pienso que el paladar les llora en ese momento, mientras yo miro para el lado a ver si alguien más pidió y le puedo robar una cucharadita amistosamente. (Ojo: nunca se pelea con quien pide postre. Uno se hace el que no quiere y a la primera que te ofrezcan, ¡zás!, que es mala educación hacerse de rogar, caramba).

Entonces, pienso en qué puede dolerle más a un hombre físicamente. O al menos qué puede hacer que la gente le juzgue —porque por los chichos no seréis juzgados si en lugar de X eres Y genéticamente—. Y como la justicia divina existe y es inescapable, me parece que lo encontré. Estoy convencida de que la calvicie masculina es más o menos la venganza equivalente a un chicho femenino.

Si usted quiere ver a un hombre bien “rocheao”, mírele sus entradas mientras habla. Y después de varios drinks puede que hasta confiese el trauma. Tengo un amigo que cada vez que me dice que se va a quedar calvo, me lo imagino en un diván, con una mujer psicóloga escuchándole… Ajá, y la mujer tiene chichos. ¡Qué, quééé! Karma is a bitch, bro.

Afortunadamente, está el que como yo no estigmatiza ni la calva ni las libras, pero yo no soy normal, como ya ha quedado ampliamente reseñado durante un año de columnas semanales. De veras pienso que ambas cosas tienen una mal ganada reputación. Ambas señales, tanto como las canas, son un rasgo de una vida vivida. Bien o regular, pero vida.

Con tanta frecuencia ponemos lo físico y visible en la lista de prioridades. Yo tengo menos respeto por la gente que tiene cuerpo, pero no lo respeta, y que tiene pelo, pero no usa la cabeza. Con alguna frecuencia vemos atletas con cuerpos brutales, pero positivos a drogas, y modelos frecuentes de portada a quienes el pelo solo les sirve para aguantar los rolos.

El corazón no tiene entradas ni llantas. Y eso es lo que más importa. A gozar.