Opinión: Del agua a la tierra vengo yo...

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

24 oct 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Nací en Argentina, y eso tiene un peso enorme en mi alma. Vengo de una tierra donde la relación del hombre con el suelo es parte de las charlas que son fundamentales los domingos. Vengo de un abuelo de ascendencia vasca, para quien cualquier pedazo de tierra es una invitación a ponerlo a producir. Mi relación con la tierra nació en el sur de América, en las historias de ese hombre cruzando el Atlántico en un barco enorme, lleno de inmigrantes con sueños de vivir mejor. Del movimiento del agua a la  tierra vengo yo.

Mi madre rompió fuente en un autobús a las 11:30 de la noche en pleno invierno argentino saliendo de trabajar de una radio nacional. Ella dice que decidí llegar rápido y que nos mudamos en cuanto tuve dos meses. Mi primer viaje en carro fue con mi abuelo en su “renaultea verde”. Caminé por primera vez con prisa, como si el tiempo no parara.  Un día, sin medir la distancia, salté a la piscina con un salvavidas en mi cintura con la mala suerte de que quedé boca abajo  y piernas arriba. Creo que tenía 3 años y ese debe ser uno de mis primeros recuerdos. La piscina al revés y las burbujas de mi nariz alcanzando la superficie. En menos de un segundo el sol me encandilaba y mi madre me devolvía boca arriba  con sus brazos de atleta y su sonrisa de que nada pasaba.

De esa sonrisa vengo yo, de la que se le sigue poniendo a la vida cuando las cosas que importan están bien. De una mujer para la que el trabajo es una necesidad personal, especialmente cuando es desafiante y en continuo movimiento. Cuando cumplí 6 años, nadaba como un pez en las piscinas de agua caliente durante todo el invierno. Aprendiendo a mover el codo en el arco perfecto para tener una braceada de atleta. Cuando llegaba el verano, íbamos al río y yo me sumergía por largos ratos con los ojos abiertos en un agua marrón sin parar de mover los pies para no tocar el barro del suelo. Siempre terminaba ensuciándome los dedos  y salía  corriendo a la falda de mi abuelo para que me los  enjuagara,  con el miedo de que los insectos del río habitaran en ellos.

De ese contacto con el agua y la tierra vengo yo. De los recuerdos compartidos de un abuelo que hace eco en cada pisada que doy, cuando sigo buscando una mejor vida.  De la braceada de atleta de mi madre guerrera que no se ahoga en la orilla, sino que sigue remando sin parar ese barco de inmigrantes que llevo en la sangre. De la relación del agua con la tierra y de la tierra con el agua vengo yo. Los que creen en el mundo astral dirán que vengo de una piscis y de un géminis. Yo no entiendo nada de lo astral. Solo sé que la vida está en relación con los elementos de acuerdo a cómo los vivimos.

Yo he vivido los elementos con la sangre y con la pisada, con la experiencia y con el deseo, pero más que nada con la memoria, una memoria compartida entre el agua de mi madre y la tierra de mi abuelo. En la memoria del hombre que me enseñó a recordar y a encontrar en la historia el refugio de la relación con lo que importa.

Dedicatoria: A la vida de mi abuelo, don Héctor José Beltrán de Heredia