Opinión: Las bodas son un estrés

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

22 oct 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Soy bastante fiestera y me invento cualquier motivo para celebrar, comer o abrir un tinto, pero por alguna extraña razón no me gustan mucho las bodas.

Me provocan un poco de estrés desde antes de que llegue la invitación. Las abro con casi los mismos nervios que abro la cuenta de la luz. Debe ser alguna frustración del subconsciente porque insisto en que soy una persona alegre y diría que algo romántica. No mucho, lo admito. Nunca he sido muy pink en estas cosas del amor, pero pienso que soy de las que ama intensamente, aunque no diga chulerías.

Quizás es mi tendencia natural a ver las cosas objetivamente y desde el punto de vista periodístico. Uno ama y quiere y se entrega. Esos son los hechos. Lo demás como “para toda la vida”, “en las buenas y en las malas”, “tuya para siempre”, pues no es que sea falso, pero es una chulería que uno le agrega a consecuencia de la ilusión y, claro que sí, de los buenos deseos y del amor del momento.

Pero el amor es un proyecto tremendo que requiere más esfuerzo que trabajar en el campo y a veces es agotador, aun cuando siga creciendo. Y, como yo ya lo sé, me agota la idea de las bodas.

He ido a tres bodas mías. (¿Qué quééé?). La primera fue una cosa fugaz producto de la ignorancia de una sanana que moría de amor. Quedé tan traumatizada cuando terminó todo que tardé literalmente una década en volverlo a intentar. Y me casé otra vez, con cierto grado de locura, con alguien que era mi novio a distancia y sin la menor idea de lo que sería la convivencia con él.

Inicialmente, fue un shock personal que se juntó con el shock cultural —es argentino— y con el shock de que al tipo le gustaba mi mismo lado de la cama. Pero esas son boberías que uno va superando en el camino. O no. Gracias a Dios, tengo que decir que he superado todos los momentos rocosos. Y, cuando superé la marca de los 7 años, lo que le dicen el “7th-year-itch” por poco hago una convocatoria de pueblo para una fiesta. Llegué casi con la lengua afuera, pero llegué.

Mi primera boda con él fue una experiencia del cara!@#. Llegó a Puerto Rico y nos casamos al cuarto día en una ceremonia civil. Le presenté a los padrinos de la boda y por poco tengo que hacerle cue cards para recordárselo. Pobre tipo. Se casaba lejos de su gente y era como entrar en una mafia y asumir un nuevo entorno y una nueva familia a la que no solo no conocía, sino que algunos no disimulaban y abiertamente lo amenazaban. La típica amenaza de “te llevas una joyita”, y yo miraba para los lados buscando de quién hablaban. ¿Desde cuándo era yo una perla? La gente dice una de cosas locas en las bodas.

Encima, el que me iba a entregar no llegó y el pastor invitado nos alentó a bañarnos juntos todos los días para que creciera la relación. Yo solo buscaba desesperada con mi vista al bartender, que ese hombre estaba allí hablando de una desnudez para la que yo no estaba preparada, ¡y delante de todos! Pero el bartender no se veía por ningún lado. Solo veía al violinista y, de repente, la varita que cargaba me parecía un arma mortal… Pero fue una buena boda.

La tercera boda —6 años más tarde— fue una ceremonia religiosa muy especial, que no estuvo exenta de su locura. Unas visas de turistas para su familia que no avanzaban a salir, una tarjeta de crédito a punto de reventar, yo con una cola con la que NO había practicado cómo sentarme y con traje ¡BLANCO! para que mi madre no infartara, la cantante del “Ave María” en Prozac, y un novio bien nervioso que yo creía que saldría corriendo en una nueva versión de Runaway Groom.

Y no podía faltar mi celular sonando en medio de la ceremonia. Gracias a Dios que sonaba en el carro y no en la iglesia. Fueron cuatro llamadas perdidas del banco y dos de invitados. ¡Hello, banco, me estoy casando! ¡Hello, invitado, me estoy casando! ¡Hello, yo, apaga el celular!

Creo en las bodas, aunque me pongan nerviosa. Creo en el matrimonio y creo en el amor. Respeto los accesorios que le ponemos a los valores que encierran y los comprendo. Todos necesitamos un poco de ilusión y cuentos de Cenicienta.

Ayer fue mi octavo aniversario. No hubo cenas ni fanfarrias, porque el amor también es realidad y en el mundo real se trabaja.