Opinión: Crónica de un estado asesino
Nunca olvidaré esa tarde. Pasaban las cinco del 13 de diciembre de 2006 y —en plena antesala a la Navidad— los familiares de un hombre identificado como Ángel Nieves aguardaban por un milagro que detuviera lo temido. Ese día Nieves no quiso comer. Aun así, se le sirvió el menú correspondiente: pavo desmenuzado con salsa de taco, queso rallado, arroz, plantillas de tortilla, habichuelas, manzanas y té frío. Todo estaba dispuesto. Ángel Nieves sería ejecutado tras más de 20 años aguardando en el corredor de la muerte.
Y allí estaba yo, en la oscuridad de la noche, frente a la cárcel del estado de la Florida, aguardando, junto con una decena de manifestantes, por la llamada que detuviera la ejecución. Décadas antes, Nieves había sido condenado a la pena capital. El hombre no era un manso corderito. Ya había sido convicto por delitos vinculados al narcotráfico; un mundo en el que se ganó el nombre de Papo la Muerte. Pero cuando ya había pagado por sus delitos, Nieves fue encontrado culpable por alegadamente haber participado en el asesinato del gerente de un club nudista en la Florida. Su convicción fue lograda en gran medida gracias al testimonio de su compañero de celda, quien aseguró ante las autoridades que el hombre le había confesado la muerte. Nieves no hablaba inglés y el hombre tampoco español. Aun así, su testimonio fue tomado en consideración y Nieves pasó a convertir en su frío hogar el corredor de la muerte, como antesala a su ejecución por inyección letal.
Pero 20 años después, el hombre que lo delató confesó que había mentido en su testimonio. Nieves tal vez no había cometido el delito por el que moriría. Por ello, el entonces gobernador Aníbal Acevedo Vilá solicitó a su contraparte en la Florida, Jeb Bush, que otorgara la clemencia del estado al hombre.
Y allí estaba yo, junto con decenas de familiares y activistas en contra de la pena de muerte, en las afueras de la cárcel. Los rezos de los presentes y la luz de las velas eran lo único que distraía de la profunda oscuridad que dominaba el lugar. Los rezos no fueron suficientes y a las 6 de la tarde unas ensordecedoras campanadas anunciaban que la ejecución de Ángel Nieves había comenzado. Aún llevo grabados los desgarradores gritos de los familiares que, al escucharlas, sabían que la muerte era inminente. El deceso, sin embargo, no fue inmediato. Contrario a lo esperado, la muerte de Nieves fue agónica. Fallas en el proceso evitaron que su muerte fuera inmediata, por lo que las ejecuciones fueron detenidas en ese estado para investigación. No soy fácilmente impresionable. Quizá porque los más de 10 años que he dedicado a este oficio tienen la virtud —o defecto— de curtirnos por la repetida exposición al dolor. Pero ese día lloré. ¿Y si don Ángel era inocente? O incluso si no lo era, ¿fue realmente su muerte el remedio más creativo que el Estado pudo encontrar? ¿Detuvo o redujo su muerte los crímenes? Todo lo ocurrido no era otra cosa sino la constatación directa del Estado asesino. Ese para el que el crimen se paga con crimen. Ese Estado que ronda la demencia al promover la muerte como remedio, a pesar de que al hacerlo no logra ni reducir ni frenar el crimen. Ese que ignora las profundas raíces del mal que inunda nuestras calles y que opta por la venganza como salida fácil. Por eso no puedo sino alegrarme tras saber que después de millones de dólares echados a la basura para intentar imponer la pena capital en Puerto Rico, el Gobierno de Estados Unidos ha puesto un freno a su agenda. Tal vez ahora habrá tiempo y recursos para identificar verdaderas respuestas al problema criminal lejos de un triste vestigio de la ley del talión.