Opinión: Adictos a la electricidad
Los animales necesitan alimento para vivir. Las plantas necesitan agua para vivir. Los humanos necesitamos batería para vivir.
Era solo en tiempos de antaño que los humanos nos sosteníamos de alimentos, agua y quizás algún otro suplemento multivitamínico. Ahora tenemos eso más o menos en abundancia, pero padecemos de otras situaciones que nos van chupando la salud de manera muy visible.
Cada día que pasa y con la locura tecnológica que nos atrapó sin remedio, hemos agregado aditamentos e instrumentos a nuestras vidas que ya no dan para conectar en los receptáculos ni de las casas ni de las oficinas. Son tantos que ya requerimos de extensiones, multiplugs y cargadores portátiles. A mí en mi casa a veces me da miedo y a los enseres más importantes, por no decir los más caros, les tengo un power saver, por eso de que los apagones macondianos son cada vez más frecuentes y, como la piña está cada vez más agria, no quiero tener que ir perdiendo inversiones innecesariamente.
Pero ya empiezo a preocuparme un poco a medida que llegan más porquerías que conectar. A veces tardo dos horas desenredando cables por toda la casa e identificando qué cargador es el de qué teléfono y para qué modelo, porque en casa somos dos personas, pero cuatro teléfonos celulares, tres modelos diferentes, dos iPads y dos laptops. O sea, si no queremos hablarnos, con gusto podemos chatear… si es que encuentro el cable. Es una locura.
Y de cada cosa electrónica hemos creado una gran dependencia. En mi cartera/bulto/ataúd tengo los cables para cada cosa, además de un cargador portátil maravilloso que le da electricidad al teléfono, a la computadora y al iPad… ¡a la vez! Pero claro, ese maravilloso multicargador tiene que se cargado antes para poder repartir batería.Y si no, pues esperar a llegar al carro, donde se pueden cargar todos los aditamentos con un cable diferente que se intercambia en el pequeño receptáculo alimentador de vida, digo, de batería.
Ustedes saben que me gustan los aviones, así que hago múltiples experimentos de personalidad y sociológicos ahí. Vaya a un gate en su momento de preabordaje. Tú ves cómo la gente llega sudorosa y con sus excesivos equipajes, listos para tirarlos, no importa que sean bolsas de basura o Louis Vuitton, pero mirando a los laterales, casi a nivel del piso, están buscando un enchufe casi como un adicto busca la metadona.
Yo me he visto ahí. Tengo traumas severos por haberme quedado sin batería en momentos “trascendentales” de mi vida. “Trascendentales” entre comillas porque son el fin del mundo, aunque sea únicamente para mí. He sudado profusamente en aviones sabiendo que no tengo batería en los celulares y que voy de camino a una conexión en Miami, de esas horribles y traicioneras, que te obligan a ir del gate D1 al gate D51, con un letrero que lee: “30 minutos hasta el D51”. ¿Qué, quééé?
Tan grave y tan popular es el problema que en los gates han instalado estaciones para cargar celulares y computadoras. Y se han hecho escasos. Porque tendrán quizás cinco receptáculos máximo cada uno. Y para reírse una vez más, ves a la gente aproximarse hacia ellos con mirada concentrada en el enchufe y disimulando que ignoras que hay tres personas más caminando en la misma dirección. Es la carrera de la muerte. Si no llegas primero, la daga sale porque sale.
Es como si la batería fuera suero para las venas. Yo puedo vivir sin desayuno y, en casos muy extremos, puedo vivir sin café, pero sin batería no puedo. Me siento inútil, inservible, inepta. La batería es algo así como mi Centrum.
Ir conmigo a un restaurante de noche es asegurarse una velada inquieta. Porque a pesar de las múltiples cargadas del día, es natural que a esa hora estoy en menos de 50 % de carga en al menos uno de los teléfonos. Y yo vivo de comunicarme constantemente y rápido. Y si no lo hago, pierdo eficiencia, así que no puedo darme lujos de incomunicación. Eso de “no tenía batería” es para mí la excusa menos creíble del universo. No la uso y la rechazo como muy barata. Y se me nota en la cara cuando alguien la usa para mí.
Quizás todo este escrito me describe como una persona no muy sana que digamos. Que se desvive por tonterías. Pero bueno, cada cual tiene sus obsesiones y esta es la mía.
Antes comía todo el tiempo. Ahora siempre tengo batería.