Opinión: “Abandonando el cuchillo de palo”

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

10 oct 2013, 11:00 pm 2 min de lectura

Mi abuelo solía decir: “En casa de herrero, cuchillo de palo”. No creo que exista mejor dicho para describir cómo nos adueñamos de la comodidad de lo que tenemos como dado. Nos pasa a todos: desde el que vive cerca del trabajo y llega más tarde del que viene del otro lado de la Isla, hasta el que busca una aguja en casa de una costurera y no la encuentra. Incluso cuando la mano obrera del tío que trabaja en construcción se ve ausente en la ventana no terminada.

No hay razones claras o justificaciones; es simplemente que eso que necesitamos está tan cerca que a la vez es inaccesible. Lo que me lleva a preguntarme qué más es lo que se supone que tengo a la mano y no valoro. Creo que, en ocasiones, puede ser sin duda la clara bofetada de que vivimos en un paraíso y nos olvidamos de dónde estamos. De repente, uno se encuentra con gente que no ha puesto sus pies en el agua o en la arena de sus playas desde el verano del año anterior. ¿Cómo es eso posible? Anhelamos el espacio de gozar de vistas caribeñas y las tenemos a pasos y no las vemos.

Me asusta cada vez que algún visitante me sirve de espejo y me hace ver en dónde uno está parado, en dónde uno vive, la casa en la que trabaja. Cometemos con tal frecuencia el error de olvidar que lo dado es especialmente el regalo. Supongo que estamos convocados a no perder la perspectiva sin importar lo sumergidos que estemos en la realidad propia.

Viajar el mundo me enseñó a mirar, pero no solo los paisajes, en especial a mí. Esa mirada debe ser crítica con el fin de no perder la apertura a que todo el tiempo tenemos algo a qué sacarle el jugo. Desde la puntualidad que ponemos en otro plano, los talentos que explotar hasta el último extremo, las relaciones que enriquecen con sus intercambios y, en especial, sacarle el jugo a nuestra casa. No como una reacción al miedo de que el tiempo se agote, sino como una acción a aprovecharlo.

Puerto Rico es un espacio donde todo es posible, donde sumergirse bajo el agua cristalina es gratis y donde el sol no se toma vacaciones. El mundo viaja a nosotros para gozarlo. No cometamos la increíble torpeza de olvidar en dónde estamos y qué es lo que tenemos como dado. Por un buen vistazo alrededor y por dejar el refrán de tal comodidad, propongo entonces parar un segundo, levantar la cabeza y mirar hacia el mar; sentirnos dueños de la libertad que puede producir sumergirse en lo que tenemos y abandonar así el cuchillo de palo.