Aplausos, please: llegamos a Puerto Rico
Los aviones siempre me darán tema para escribir. Estar encerrado en uno por un par de horas, o por muchas, es suficiente para hacer estudios sociológicos. Cada persona es como un stand up comedy individual en el aeropuerto y en el avión.
No sé ustedes, pero yo al viajar entro como en un estado de ánimo diferente. Sea el viaje de trabajo o de placer, mi cerebro empieza a desactivarse poco a poco y empiezan los despistes y las torpezas con los detalles de último momento. Pero me mantengo funcional hasta abordar.
Hay gente a la que siempre hay que recordarles que tienen que pasar por Agricultura federal a inspeccionar equipaje, que no tiene que ir al counter si ya imprimió su boleto en la casa y no va a registrar maletas, que la tarjeta electoral no cuenta como oficial para efectos de viaje y que no puede llevar botellas de agua en la cartera. Lo dicen doce mil letreros alrededor del aeropuerto y en el boleto de avión, pero no, siempre hay que recordárselo.
Esa es la gente que atrasa las filas, que desespera a los puntuales, que le sacan la úlcera a gente que llega en paz, en bermudas y con pamela, y pensando en un rum punch, que no se sacan las correas ni el menudo de los bolsillos para pasar por el checkpoint, que cargan los zapatos en la mano hasta que llega la correa para no caminar descalzos más segundos de la cuenta, y que luego pelean si le sacan el lighter o el spray después que juraron en el counter por el bien de la seguridad nacional que no tenían artículos flamables entre sus pertenencias.
Y al llegar al gate desde donde partirá el avión, el espectáculo de verdad que se pone mejor. El gate de los boricuas definitivamente es el que está todo el mundo pegao al celular y hablando duro.
Pero una de las cosas más irritantes del proceso de viaje es quizás el momento de pre-abordar y de abordar. La gente empieza a transformarse, como si le empezaran a pasar hormigas por el cuerpo. Se levantan de las sillas, empiezan a agarrar todos los motetes y se colocan frente a la puerta con un cierto grado de disimulo, media hora antes de que abran la puerta. Nunca he sabido cuál es la prisa.
Tampoco entenderé por qué la gente no entiende lo que es equipaje carry-on. ¡Es básico! Carry-on: dícese de que lo puedas cargar con facilidad de modo que al abordar el avión no vayas dando cantazos y dejando decapitado a medio mundo que ya está montado. Dícese también de un equipaje moderado que no le explote el dedo del pie a otro pasajero en caso de que se abra el compartimiento superior. ¡No es tan difícil!
Y los baños, por favor. Jamás hago fila por usar el baño en el avión. Me pongo en el lugar de la persona que está delante de mí, que quizás solo fue a lavarse las manos, pero le da estrés que un extraño le vea salir de ese absurdo miniclóset que llaman baño y le atribuya todos los malos olores acumulados en cuatro horas de viaje. ¿Qué, quééé? Gracias a Dios que ya no dan ni chicken ni lasaña. Cuando no he tenido más remedio que ir al baño, todo queda limpito y en orden, que yo, cualquier cosa menos puerca. Pregúntele al que entra después.
Cuando aún en los aviones servían comida, yo siempre pedía sentarme en ventana, porque todo el mundo quería ir al baño al terminar, como si tuvieran sistemas digestivos al estilo Fed-ex, por un lado entra y por otro sale en instantes. Ahora pido pasillo y ruego que nadie tome mucho refresco porque desarmar mi esquina de la laptop, audífonos y libros es un dolor de cabeza. Mi esquina siempre intimida un poco y a veces miro al vecino nada más pensando si estará conteniendo la vejiga malamente por mi culpa.
Pero el momento de verdadero terror empieza en el descenso. Con el aviso del capitán comienzan en mi cabeza los tambores del terror. ¿Aplaudirán o no aplaudirán?
Poco a poco habíamos dejado esa manía heredada. Pero ahora, para el bienestar patriótico, hay una línea aérea que promueve el aplausito y si ve que no aplaudes te dicen que “los verdaderos boricuas” lo hacen y pufff, una vez atacado el orgullo, de vuelta el aplauso… y mis nervios.