Opinión: Te cuento de José Emanuel
José Emanuel, de 10 años, es un niño de Corozal que el pasado domingo, por segunda ocasión, me “montó” conversación mientras esperaba su turno para jugar como parte del equipo de los Vaqueros en el torneo de Little Lads. Le tocaba jugar tan pronto el equipo de mi hijo terminara.
“Yo voy a ser gobernador”, me dijo con total seguridad. Ya lo había conocido en Ponce cuando se me presentó por primera vez en la inauguración del torneo.
Me habló con la seguridad con la que no me hablan los políticos. Con esa seguridad de la que carecen nuestros gobernantes.
Al día siguiente, el lunes, me enfrentaba a esa realidad: una clase política que titubea ante los problemas del país. Durante toda la mañana discutimos otra notificación negativa de Standard & Poor’s, otra caída del índice económico, el aumento del desempleo y la ascendente emigración.
Entonces, la pregunta, impertinente y retórica para muchos, la planteo: ¿quién está sentado en algún escritorio de nuestra burocracia gubernamental preparando un plan económico para el país?
El economista José Alameda me confesó el lunes, en público y muy cándidamente, que recién había sido contratado —entre otros— por la Junta de Planificación para identificar nichos, diagnosticar el problema y articular un plan. Un legislador de mayoría me habló en términos similares ante su preocupación por la fuga de talento. ¿En serio? ¿Ahora?
El país está cansado de los estudios y los conversatorios entre copas. Hace 10 años, Sila Calderón contrató al exsecretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger para preparar un plan económico a largo plazo para nuestro país. Otros tantos estudios —mejores— de seguro deben estar archivados. Nuestra Universidad de Puerto Rico debe haber producido cientos, sino miles.
Entonces, ¿qué se necesita? La contestación se cae de la mata: voluntad para ejecutar y hacerlo rápido.
Necesitamos un liderato que se despoje de la ineptitud que le rodea. Que ejecute ya un cambio en nuestro sistema educativo basado en la solidaridad, con maestros capaces y comprometidos. Que encamine un plan económico que le provea los mejores instrumentos a nuestros talentos para que se desarrollen aquí, protegerlos con leyes para que crezcan y se mantengan en su tierra.
Aunque no lo parezca, como periodista resulta agobiante cruzar de cuatrienio en cuatrienio escuchando las mismas discusiones sin que se mueva el país. Entrevistar a los mismos personajes, con nombres distintos, esbozar lo mismo, buscando pronunciar el discurso más simpático que le garantice el titular mañanero es frustrante. Reconozco que nosotros, los periodistas, somos también culpables porque promovemos la superficialidad, la estridencia y todo aquello que resulta en la mejor carnada para el funcionario de turno.
Pero como país no podemos seguir engañándonos. No podemos hablar de desarrollar nuestro “gobierno nacional” cuando tiene que venir un burócrata de Washington para autorizar a nuestro Departamento de Educación a utilizar ciertos métodos de evaluar a nuestros estudiantes, sobre cómo podemos sembrar arroz y decirnos cuándo podemos abrir El Morro. Tenemos que tomar control de nuestros asuntos. Hay que agarrar al toro por los cuernos, pero agarrarlo duro y sin miedo.
Me resisto a acoger el discurso que me pronunció ayer el secretario de Educación ante la “autorización” federal para cambiar las evaluaciones de las escuelas y el nivel de aprovechamiento académico. Él plantea que esto “aumentaría la autoestima del estudiante y bajaría la deserción escolar”.
No, secretario. La llave para un cambio de paradigma en el sistema educativo no está en un email redactado en inglés. Probablemente, tampoco está en un plan decenal. Está en darles los recursos a las escuelas, que ya tienen en exceso, para que sean el corazón que saque a las comunidades que les rodean de la depresión económica. ¿No se dan cuenta?
Ajeno a esta discusión, José Emanuel me invitaba, con mucho orgullo, a ir a su Corozal y conocer su historia indígena. La conoce muy bien. No sé dónde estudia José, pero él, como tantos otros, es un buen ejemplo de que el sistema educativo —público y privado— no es una fábrica de delincuentes y que la familia puertorriqueña no está perdida. Solo necesitan instrumentos, un empujón, para no perder la esperanza.