Opinión: Educación: ¿La fábrica de narcos?

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

30 sept 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Un hecho reciente ha logrado mucho más que cualquier teoría o discurso para ilustrar la necesidad de dar un cambio de dirección a la estructura del Departamento de Educación y la manera en que este pretende impactar las vidas de los miles de estudiantes del sistema público de enseñanza: los narcohampones Alex Trujillo y Junior Cápsula tienen un IQ que los convierte, por definición, en superdotados. ¿Y qué tiene que ver el trasero con la Navidad?, preguntarán más de uno. ¿Cuál es el vínculo entre el coeficiente intelectual de dos narcos y la necesidad de un cambio de paradigma en el Departamento de Educación? Pues mucho.

Alexander Capó Carrillo y José Figueroa Agosto, para muchos la personificación misma del poder del narcotráfico en la Isla,  tienen un cociente intelectual de 156 y 148 puntos, respectivamente. El hecho no debe sorprender a nadie. No es hazaña minúscula dirigir un negocio con ganancias millonarias y burlar a las autoridades locales y federales durante años. Dos tontos no habrían sido capaces de hacerlo. Tontos no. Pero  “desertores escolares” sí .Y ese hecho debe llevarnos a la reflexión.

¿Acaso un estudiante superdotado no tiene un éxito escolar garantizado? ¿Cómo es que dos superdotados abandonaron el sistema? A lo primero, la respuesta es no. A lo segundo me atrevo a concluir que, más que haber abandonado, fueron ellos los abandonados por el sistema. Como sucede cada año con miles de estudiantes para quienes el Gobierno no ha podido estructurar una oferta vibrante, vigente y a tono con las necesidades del estudiante de hoy. Ese que ya no es el mismo que hace unos años se fascinaba con los cuentos del perro Lobo, la gata Mota y su fascinación con correr tras la pelota.

Bastará con que tome usted de su tiempo y se siente a conversar con uno de esos maestros o maestras de vocación. De esos para los que la presencia de un ponchador en la escuela no es más importante que sus alumnos. Todos habrán visto cómo más de un Junior Cápsula o Alex Trujillo llegaron a sus manos. En algunos casos y con una buena dosis de vocación y esfuerzo, le retuvieron con éxito en el salón de clases. La mayoría de las veces —sin embargo— perdieron la batalla. Porque, además de luchar para retener a jóvenes talentosos desalentados por el sistema, la batalla de los educadores es contra el sistema mismo. Uno que no provee las herramientas y apoyo necesario para que se complete satisfactoriamente la importante tarea de educar al país. Mientras nuestro sistema educativo batalla con la excesiva politización y la mala distribución de recursos, nuestras escuelas pierden cientos de mentes privilegiadas que buscan cumplir con la imposición del ideario social del éxito. Un éxito que —bajo los estándares impuestos por la sociedad— no llega a través de la satisfacción personal que se obtiene al aportar a tu país y alcanzar la felicidad desde un trabajo honesto. El nuevo éxito es mucho más banal y bastante obsceno. Consiste en la búsqueda de la riqueza, real o aparente. La posesión del televisor de último modelo y el carro que deslumbre en la carretera. La adquisición del teléfono inteligente del momento o zapatillas de diseñador. Y la riqueza por la riqueza misma es la meta que se alcanzará como sea. En la universidad o en el punto. Desde el trabajo honesto o desde el trapicheo y la jaibería.

Pero nuestros gobiernos no han comprendido que esta es la verdadera pieza de cambio para echar a andar un plan anticrimen real.

Combatir el crimen no supone invertir cifras millonarias en el reclutamiento de más policías, la compra de patrullas y armas de último modelo o el diseño de un eslogan llamativo con el que bautizar su cruzada contra los malotes. Basta con echar un vistazo a ciudades como Nueva York que han reducido su incidencia criminal al tiempo que reducen el reclutamiento de policías. Un verdadero plan anticrimen —uno que resulte verdaderamente revolucionario— sería finalmente adecuar nuestro arcaico sistema educativo y transformarlo en uno vibrante que logre retener a los alumnos. Una estructura con esas características muy probablemente habría sido capaz de  retener a Junior Cápsula y Alex Trujillo y, de paso,  sacar provecho de sus privilegiadas mentes para ponerlas al servicio de los mejores intereses del país. ¿Por qué si un centenar de escuelas modelo alcanzan excelentes metas educativas, no se replica su éxito para el resto del sistema?

En palabras de un funcionario durante las vistas públicas para evaluar el controvertible plan decenal, Cápsula y Trujillo “fueron jóvenes que los sistemas educativos no pudieron atender en sus necesidades educativas, sociales o emocionales. ¿Eso es lo que queremos para nuestras mentes brillantes?”, cuestionaba. Mientras alguien finalmente contesta esa pregunta, el Estado se da un nuevo disparo en el pecho cada vez que fracasa al retener a alguno de nuestros estudiantes y, al hacerlo, envía un nuevo criminal a las calles del país. Revertir el error histórico nos pondría finalmente a las puertas de un verdadero y revolucionario plan anticrimen. ¿Habrá alguien allá a fuera para escuchar y actuar? A veces me temo que el ruido que genera nuestra clase política es tan estruendoso que no permite escuchar.