Opinión: ¡Decido no callar!
Decidir no callar es siempre arriesgado. No estoy segura de si esto llega con la edad, con la experiencia o simplemente con la necesidad de tener que hacerlo. Vengo de una familia de mujeres que nunca se callaron cuando querían o tenían que hablar.
En una mesa de almuerzos o cenas largas, donde la política, la religión y todos esos temas que se sugieren evitar por educación siempre fueron bienvenidos con respeto y en fin de un buen diálogo.
Creo en que una buena mano dada como cierre de una palabra convierte un trato en algo irrompible. La palabra en nuestro país tiene una carga de compromiso a la que los viejos evocan con nostalgia; los chamacos le cantan pareándola con el honor; para algunos es un eco y se pierde en la nada en el momento en que es pronunciada, y para muchos otros es una acción en sí misma; a esos admiro.
Decir lo que uno cree es comprometerse con lo que dice y, a su vez, visibilizarse frente a quien lo escucha. Ya no se trata de un significado flotante en el interior de la cabeza, sino en la materialización oral de lo que uno cree ser y dice que hará.
Ahora, me pregunto: ¿Estamos todos abiertos al diálogo de compartir preocupaciones y, por qué no, sugerir opciones para mejorar como sociedad? Supongo que algunos dirán que sí y a otros les parecerá que para abrir la boca hace falta entender las consecuencias.
¿Consecuencias en el espacio de querer contribuir? Sí, muchas. La voz con sentido y no solo por ruido es la verdadera invitación de cada uno a ser conocido por los otros. Es entender que, al pronunciar una posición, una crítica o un piropo, nos comprometemos con la acción de pronunciar y, por tal, en ocasiones, de hacer. Por eso, supongo que será más fácil callar y plantarse en la zona de la invisibilidad, de la no participación. Sin embargo, ¿no es esa una acción de comodidad frente a la posibilidad de contribuir?
Ahora bien, esta reflexión no pretende ser entendida como una invitación a hablar por hablar, a opinar sin parar sobre todo y para todo, sino como una real y considerada invitación a escuchar lo que decimos. A comprometernos con el peso de la palabra y celebrarla como una de las manifestaciones más poderosas del ser humano. A volver a entender que la palabra es también acción y que el viento no tiene por qué llevársela. Asimismo, todos tenemos una responsabilidad al decirla y, por tal, a cumplirla.
No estoy segura de si el no callar ante nuestras posturas llega con la edad, con la experiencia o con la necesidad. Pues, en mi caso, puedo rastrear momentos de necesidad en los que he recurrido a no callar. Asimismo, puedo recordar otros en los que el cúmulo de vivencias me han empujado a tener que aclarar mis posiciones y también puedo entender que cada día que pasa me siento más responsable de mi mundo y de mi participación en él, así que paro palabras que me hacen ser y hacer.
Lo único que sí tengo claro es que yo decido no callar ante la invitación de colaborar.