Opinión: Perspectiva sobre los géneros
Desde sus comienzos, el sistema de educación ha sido entendido como herramienta esencial para moldear las percepciones o nuestra visión del mundo. Inicialmente, luego de la invasión de Estados Unidos, entró en funciones como las de higienizar a la población, desarrollar la valoración del espacio privado y, obviamente, la americanización.
La educación siempre ha estado distorsionada. Basta con tan solo mirar cómo se enseña en las escuelas la historia de nuestro propio país. Según se nos enseñó, los hombres fueron los únicos en construir la historia, y la masacre de indígenas cuando llegaron los españoles resulta ser el “descubrimiento de Puerto Rico”.
Las escuelas, de una manera más amplia de la que nos podríamos imaginar, son fundamentales en cómo entendemos nuestro entorno. La educación que recibimos se inserta en nuestras mentes para pre-establecer lo bueno o lo malo, lo moral e inmoral, lo correcto e incorrecto, basándose en estándares culturales, sociales, religiosos o predominantes. Por lo tanto, la educación también está directamente vinculada a cómo percibimos el género.
Hasta el día de hoy, y sumado a otros factores, la educación de nuestras escuelas ha servido para construir y perpetuar la idea tradicional del género en la que estos se posicionan como opuestos y sin intermedios. Por lo tanto, el establecer un currículo con perspectiva de género en las escuelas, impulsado en esta ocasión por la senadora Mari Tere González, debería atemperar la educación a la coyuntura histórica en la que nos encontramos, dejando espacio para la equidad y la diversidad.
Debemos recordar que dentro de ese espacio también debería haber cabida para personas trans, queer o aquellas que no se identifican con ningún género, cosa que el proyecto no parece alcanzar con su lenguaje centrado en “hombres” y “mujeres”. No se acepta finalmente que los genitales no determinan quiénes somos de manera definitiva. No se logra comprender que existen más de dos categorías del género.
Por otro lado, los sectores conservadores no serían meros espectadores, sino que no podrían dejar pasar la oportunidad para intentar tergiversar lo que un proyecto como este implica. Pero si en algo logran acertar, es en que la perspectiva de género no únicamente sería una herramienta para disminuir la violencia machista y la accesibilidad de oportunidades para las mujeres, sino que también debería tocar aquello relacionado con la sexualidad.
El cuco del “homosexualismo” se vería seriamente enfrentado, pues una perspectiva o ángulo sobre el género distinta a la actual serviría para romper con la idea de una heterosexualidad obligatoria. Ayudaría a comprender que no existen roles ni identidades “naturales” o predeterminadas para cada sexo.
Por lo tanto, la perspectiva de género, cuando es utilizada de manera correcta, es una herramienta de análisis que le pone un alto a aquello que nos quieren imponer “porque sí”. Y esto aplica a cómo se nos presenta la historia, nuestros roles, nuestra sexualidad y nuestros deseos, entre toda una infinidad de otras cosas.
La lista de beneficios podría ser interminable, desde el romper con la masculinización o feminización de los oficios hasta la sobrevaloración de uno sobre otro y la segregación desigual de tareas. Por esto y más, una educación con perspectiva de género que fomente la aceptación a la diversidad de géneros y la equidad es más que necesaria. Es fundamental atender los problemas sociales desde su raíz; enfrentando, provocando, rompiendo y volviendo a construir.