El terror de los efectos secundarios

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

17 sept 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

No tengo educación en salud más allá de la informal que adquiero leyendo revistas o artículos de actualidad sobre avances científicos. Quizás lo que más conozco —al menos de tratamientos médicos— lo conozco por mis hermanas, que entre su formación, sus ciencias y sus fármacos, me han salvado de ir al médico en más de una ocasión y me han sacado una carcajada al menos semanalmente.

Desde chiquita descubrí que uno no puede tener todo en la vida. Tenía unos buenos padres, trabajadores, fajones, sacrificados y con un compromiso total con la formación de sus tres nenas. Tenía unas buenas hermanas, de corazón noble, inteligentes y amigas. Y hablo en pasado, porque esa era mi evaluación de entonces, que no significa necesariamente que no es la de ahora, sino que la versión ha sido revisada, editada y ampliada.

Con los mismos padres y la misma crianza, mis padres lograron que al menos dos de sus hijas desarrollaran esa parte del cerebro que se inclina a las ciencias, a las matemáticas, a esas cosas que para mí son difíciles de comprender. Ese lado del cerebro no es que no se desarrolló. Es que vino más o menos de fábrica como el muro de Berlín, impenetrable por años, semiquebrado por otros.

Así que yo me dediqué a otra cosa. A desarrollar lo que sí me entraba al cerebro y a reírme de lo que no entiendo. Quizás por eso mi humor no se entiende mucho, pero yo sé que muy profundamente la gente me entiende.

Tome, por ejemplo, los anuncios de los medicamentos. Son un susto total. Te muestran, por lo general, a una persona que luce muy normal en un escenario casi siempre bien bonito, con flores, vegetación y pajaritos cantando. Y si ves el anuncio con el televisor en mute, nunca imaginarías que se trata de un medicamento que trata una condición del riñón, que de paso, es una condición crónica y posiblemente mortal.

Y justo cuando te convences de que ese medicamento es sin duda la solución a tu problema de salud y estás por poner la llamada al doctor en tu lista de to do’s, la misma voz dulce, en el mismo escenario maravilloso, te dice así, como quien no quiere la cosa, que eso sí, te expones a la posibilidad de insomnio, estreñimiento, ansiedad, depresión, manchas en la piel, ah, y la mejor, disfunción eréctil. ¿Qué quééé?

Al final del anuncio uno termina tan atolondrado que no sabe qué coño hacer. Si tratarse el riñón, si llamar al médico, o a qué médico llamar primero, al de cabecera o al psiquiatra. Porque yo les voy a decir la verdad. Yo sé que ese órgano es bien fundamental, pero uno con riñón, pero esquizofrénico y sin sexo, pues no sé cuánto se puede durar así. ¿Por qué el señor del anuncio sonríe tan ampliamente? No lo sé. Quizás vive en California, donde puede darse un porrito legalmente dada su condición médica. No hay otra explicación.

Ya me han explicado mis hermanas que esos anuncios, por ley, tienen que tener un aviso amplio de efectos secundarios. Con razón parecen documentales en vez de anuncios. Yo soy de las que piensa que a veces es mejor no saber. Total, si realmente te ataca el insomnio, de seguro no vas a pensar que es por el medicamento del riñón. Quizás dejaste de dormir cuando te avisaron la enfermedad crónica de todos modos.

No me estoy riendo de la ciencia, ni de los médicos, de ninguna manera, sino de la ironía de pretender que me sienta más segura tratándome una condición cuando ya me avisas que de seguro me salen cinco nuevas.

Como cuando uno quiere rebajar y te mandan pastillas de esas locas y te aseguran que quedas nueva, pero ojo con el hígado, el riñón y el sol. No me digas. Terminas flaco, pero amarillo y manchao. ¿Para qué quiero saber?

A veces observo cómo mis hermanas se envuelven en esa disertaciones entre ellas sobre la ciencia, las condiciones y los medicamentos y las admiro. No está fácil llegar al punto en que uno caracteriza al hígado como “mi órgano más favorito en el mundo” o caracteriza una bacteria como “bella pero bien oportunista”. Le dan como una vida tremenda, como si fueran panas y almorzaran juntas. “Me encanta esa bacteria”, me dijo mi hermana el sábado.  Y yo acá, vuelta loca, preguntándome si soy hija del lechero.

Mientras ellas sepan, pues me seguirán sirviendo de referencia. Los efectos secundarios de mi vida no tan científica ya son complicados de enfrentar de por sí.

Hay que gozarse la vida y a veces ignorar las letritas pequeñas. Es el riñón… o la cabeza.