Guiando en blanco y negro

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

12 sept 2013, 11:00 pm 2 min de lectura

Cuando tenía 15 años, me compré mi primer carro. Era una camioneta Ford azul, con cambios y mía. Mía, porque fue la primera posesión que quería desde que comencé a desear la libertad de moverme. Ahorré por meses entre trabajitos, mandados y competencias. Mi padré aportó una parte  y mi madre, otra. Después de sumar lo juntado, estuvo estacionada en el patio de la casa, lista para ser montada y domada.

Tuve que esperar un año para manejarla legalmente, un año de gran aprendizaje. Cada día que salía a practicar ocurría un fuerte enfrentamiento  entre el deseo libre y fluido de manejar y los tecnicismos sólidos, coordinados  e intensos del aprendizaje de los cambios.  La experiencia de independencia imaginada se convertía en un tortuoso y complicado intento de resistencia.

Llegaba a casa cansada, con dolores de cabeza y frustrada porque no quería entender que había un proceso previo entre el deseo y la concreción de esa imagen pensada.

“Volar sobre las carreteras, con el pelo suelto asomado por la ventana, como en todas esas películas en las que los cambios pasan con un juego sutil de rodillas y las manos en la palanca”.

“Si la vida fuera como en las películas, sería siempre en blanco y negro”, decía mi abuela cuando paraba por un segundo de limpiar los pisos y se arreglaba el pañuelo rojo atado en la frente y me miraba con  ojos de gitana.

¿Qué tenía que ver eso con mi angustia de no poder manejar con cambios? En aquel momento, solo pensaba que mi abuela estaba a tal destiempo que hasta había olvidado que la televisión ya tenía colores y que, en ese momento, ella definitivamente no estaba en el mismo tiempo en el que yo existía.

Elena siempre lo tuvo claro. El deseo a veces lo generamos con imágenes prestadas con conceptos que otros pensaron como fluidos o útiles. El deseo lo racionalizamos en blanco y negro, tal y como una película lo presenta, lo inventa: yo subida a esa camioneta con cambios galopando sin problemas por la autopista con el pelo suelto y las rodillas coordinadas, olvidando la riqueza del presente como un momento compartido entre el pasado y el futuro.

Mi abuela entendía mi frustración, pero dentro de su experiencia de vida y sus múltiples intentos previos de resistencia frente a lo imaginado y lo vivido.

La frustración de mi presente no era mas que un integrante del suyo y, por tal, de un pasado y un futuro compartido.

Los cambios  en mi camioneta azul fueron un real desafío y a su vez una gran invitación a ver que la riqueza de los deseos no está en la imaginación prestada, sino en el encuentro con el intento de vivirlos.