Un trip al supermercado

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

4 sept 2013, 12:00 am 4 min de lectura

Ir al supermercado es naturalmente un lugar perfecto para el que tiene que ir a adquirir víveres, pero también lo es para quien quiera hacer un estudio sociológico y cultural sobre Puerto Rico, o para el que goce y ría observando al mundo que le rodea.

El tercero es mi caso. No sé qué extraña característica personal tengo que me la paso observando todo a mi alrededor. Se me hace complicado parar en un semáforo, por ejemplo, y mantener mi mirada fija en la roja. Siempre me da con mirar al carro del lado, izquierda y derecha a veces si la luz está en Carolina y es interminable. No lo hago por presentá, es un instinto. Como que en esos segundos miro al que está ahí y hasta imagino partes de su vida, a veces me pregunto qué puede estar pensando, si estará pasando por un momento difícil, si es feliz. Es un ejercicio raro; lo sé.

Pues lo mismo me pasa en el supermercado. Quienes me conocen saben que detesto ir de compras, pero no al supermercado. Es como si al entrar por la puerta  principal y recibir el primer golpetazo de aire acondicionado estuviera entrando en el propio Disney. Cojo mi carrito o mi canasta, según sea la necesidad, y arranco la aventura.

Casi siempre el recorrido empieza por las frutas y vegetales, sección que muy para mi vergüenza paso bien rápido. Las cosas verdes no son lo mío y siempre he mirado con curiosidad a la gente que antes de meter las frutas o vegetales en la bolsita, las miran, las masajean, las aprietan. Es como madurar un aguacate a fuerza de apretones. Es una tontería, pero me da risa. Y quizás porque me crié en el campo, nunca me ha hecho mucho sentido comprar ni guineos ni plátanos, ni chinas ni panas, porque en casa nada más tenía que salir al patio. Resuelto y gratis, que pagar un peso por dos plátanos flacos llora ante los ojos de Dios.

Ya más de grande me ha dado con parar a comprar cosas que hace años atrás no sabía lo que era, que si alfalfa, que si brussel sprouts, cosas de esas verdes que supuestamente ayudan con deficiencias relacionadas con que te estás poniendo vieja y que será mejor que acompañes con un buen aderezo para que te baje sin problemas o, de lo contrario, para en la sección de vitaminas y métete el suplemento, que es más fácil y no hay que hervirlo.

La única parte del supermercado a la que le dedico tiempo es a la sección de las carnes. Antes con tres potes de corned beef (oh, divina corned beef que nadie sabe en qué consiste en realidad y no debe ser ni muy agradable conocerlo…) y una bolsa de pechugas resolvía bastante mi existencia. Pero me casé con un argentino, así que ahora observo esa sección con más detenimiento porque las carnes lo son todo en su dieta. Y de ahí salto a los vinos, que son importantes para la mía.

El resto del supermercado es medio irrelevante, pero le doy la vuelta para curiosear y termino comprando lo que es y lo que no. Debería imitar a los que llevan una lista. O una lista y calculadora, a ver si por fin compro lo que es dentro de un presupuesto determinado. Al menos voy sola, y no voy con niños comiéndose las uvas que cogieron en la sección de frutas y que no tengo ni idea de cómo es que las van a pagar. Y los padres saben que no las van a pagar. ¡No se puede ser tan fresco!

Pero mi parte favorita de todos los supermercados es la caja registradora. Ahí sí que hay material para estudio sociológico. La gente que con el carro lleno quiere pagar en la fila expreso porque “estoy tarde y tengo prisa”; eso me da risa. Para empezar, quién determinó que la fila expreso es de “13 artículos o menos”. ¿Por qué trece?

Entonces llega el jaiba con un litro de leche y mira con cara de gato de Shreck a los dos carros anteriores que tienen la compra del mes, a ver si los cuelan, y ahí voy yo a dejarlos pasar porque solo es un litro de leche, y me lo deja al frente y entonces va por pan, jamón, queso y huevo. Y pide la harina de café en la caja y un cartón de cigarrillos.  Y entonces paga una parte con su cash, y otra parte con otro cash, porque la segunda parte de la compra no era para él.

Un acto de paciencia total. Y ay de ti si pegas mucho tu compra a la suya porque enseguida halan por el palito para dividirlo, no sea que tus chuletas se mezclen con su mistolín.

Somos una isla productiva, hasta en el súper.